2/10/18


Habitualmente, hablando en sentido cultural, suelo sentir una pizca de envidia por no vivir en Madrid. Estrenos, preestrenos, encuentros, charlas, montajes...

Sin embargo, por una vez estoy contento de vivir en Las Palmas de Gran Canaria, ya que hemos sido la primera ciudad, fuera de Cataluña, en poder disfrutar del montaje teatral de "Moby Dick" que dirige Andrés Lima sobre un texto (adaptación) de Juan Cavestany, pero que, para qué negarlo, siempre será, y con merecimiento, el "Moby Dick" de Josep María Pou.

Esta adaptación de la inmortal novela de Herman Melville es cualquier cosa menos fácil. En primer lugar porque, admitámoslo, al "Llamadme Ismael" con el que comienza la narración, que eso lo conocemos todos, le siguen unas 900 páginas tan interesantes como densas, llenas en muchos casos de amplias descripciones sobre cómo funcionaba el negocio de la caza de ballenas en el siglo XIX (no puedo dejar de pensar en las bromas que hacía William Goldman en su libro "La princesa prometida" sobre este tipo de informaciones interesantes pero que ralentizan la trama)


Ahí reside el primero de los muchos aciertos de este montaje, ya que el texto de Cavestany condensa todo el libro en un espectáculo que no sobrepasa los 80 minutos y en el que los personajes hablan, más que entre sí, con el público, haciendo que la trama avance a base de monólogos. Pero aunque evidentemente se han dejado muchas cosas fueran, el texto sí que recoge fielmente el espíritu de la obra que adapta, reflejando a la perfección la obsesión que siente el capitán Ahab por la ballena blanca.

Pese a todo, ojo, que no estamos ante un texto fácil. No voy a negar que, pese a lo interesante de la propuesta y lo ágil de su desarrollo, hay momentos que terminan resultando algo densos. Es como asistir a un montaje de una obra de Shakespeare. Disfrutamos del espectáculo, pero en algún momento de la obra, entre verso y verso, todos nos evadimos algunos momentos, no intenten negarlo.




El segundo gran acierto, en mi opinión, tiene que ver con la puesta en escena. Minimalista, sí, pero mucho menos de lo que servidor esperaba. Iba al teatro decidido a dejar que mi imaginación se pusiera al servicio del espectáculo, pero si bien es cierto que la obra sólo cuenta con tres actores (Ahab como figura central, mientras que los dos otros intérpretes se reparten los papeles de los diversos marineros) hay que reconocer también que el escenario, lejos de estar desnudo, te hace sentirte realmente a bordo del Pequod, gracias a la escenografía, los recursos visuales (una pantalla en la que apreciamos las olas del mar) y algunos pequeños trucos que hacen que, sin necesidad de grandes efectos especiales, lleguemos a sentir la presencia de Moby Dick en el momento culminante.

No obstante, si bien todo esto suma (y mucho), este "Moby Dick" adquiere su grandeza principalmente gracias al trabajo del gran Josep María Pou, en el que, como él mismo ha confesado, es el trabajo más exigente de toda su carrera.


Pou ofrece un "tour de force" sencillamente espectacular, construyendo un personaje torturado, obsesionado, al que uno no sabe si despreciar o compadecer. La locura de sus actos, la crueldad hacia sus hombres contrasta con otros momentos llenos de humanidad. Y cuando sueña con Moby Dick, cuando rememora el momento en el que la gran ballena le arrancó la pierna, en esos instantes ya no vemos al gran capitán, al azote incansable de los mares, sino a un anciano asustado incapaz de superar la tragedia que cambió su vida.

En ocasiones lo sencillo es tirar de arquetipos. Mostrar una sola cara, apostar por un único camino. Ahab podría haber sido un tipo inmisericorde, o un loco, o un pobre diablo que, como él mismo reflexiona, ha pasado toda su vida en el mar renunciando a su familia. Podría haber sido cualquiera de estas personas, pero gracias al trabajo de Pou al final es todas ellas al mismo tiempo. Su interpretación es tan poderosa como sutil. 

Todos tenemos una ballena blanca, decía el actor en una entrevista antes del estreno.  Y tiene razón. Es esa idea contra la que luchamos, que sabemos que deberíamos abandonar, que lo sensato es dar media vuelta, y sin embargo nos vemos incapaces de hacerlo. Porque nos ciega la necesidad de perseguir un sueño, justo o absurdo, por buenas razones o movidos por el odio. Pero es algo que nos ha atrapado y no nos dejará escapar nunca, hasta que nos enfrentemos con nuestro destino. Es la reflexión personal que extraigo de "Moby Dick". 


El Teatro Cuyás de Las Palmas de Gran Canaria no podía haber programado un espectáculo mejor para inaugurar su nueva temporada. Y la buena noticia es que "Moby Dick" no termina aquí, sino que ahora comenzará una gira por el resto de España. Incluido Madrid, por supuesto, a partir de enero.

Pero esta vez yo pude disfrutarla primero. Tanto que tengo claro que en 2019 haré un viaje a la capital para escuchar, una vez más, cómo Ahab arriesga su cordura, su vida y la de sus hombres para capturar a la ballena que tanto le quitó (una pierna) y tanto le dio al mismo tiempo (un propósito)



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