21/10/18



Reed parece un tipo normal. Tiene una mujer encantadora, un bebé precioso y un buen trabajo. Todo va como la seda...o lo iría si no escuchara voces y tuviera alucinaciones. Y claro, ya se sabe que los amigos imaginarios, incluso cuando toman la forma de tus seres queridos, no siempre dan los mejores consejos, como cuando te sugieren que deberían apuñalar a alguien hasta la muerte.

Puede que Reed tenga unas inclinaciones un poco "Dexter style", pero no es idiota. No va a hacerle eso a sus seres queridos. Así que decide inventarse un viaje de negocios y contratar a una prostituta, convencerla de que quiere una sesión de sadomado y, una vez que la chica esté atada...pues eso, al tajo (nunca mejor dicho).


Sobre el papel, el plan parece perfecto. Pero cuando en tu camino se cruza una prostituta con problemas psicológicos, vamos, que está como unas maracas, parece claro que todo se va a complicar mucho más de lo esperado.

Este es el planteamiento de "Piercing", la película de Nicolas Pesce basado en una novela de Ryu Murakami. Una idea atractiva que estoy convencido de que habría podido convertirse en un cortometraje magnífico, pero que no logra sostenerse como largometraje, ni siquiera aunque el resultado final sean unos escuetos 80 minutos (títulos de crédito incluidos).

En realidad "Piercing" funciona casi como una obra teatral, ya que el grueso del film tiene lugar en dos únicas localizaciones (una habitación de hotel y un salón) en las que Mia Wasikowska (igual de magnífica que siempre) y un inspirado Christopher Abbott comparten pantalla prácticamente todo el tiempo (también se deja ver en el film la española Laia Costa, pero su presencia es casi testimonial).


Historias de dos personajes que te dejan clavado en la butaca, hay muchas. "La Huella", "Hard Candy" o la más reciente "La venus de las pieles" (estoy enamorado de ese texto teatral) son sólo algunos ejemplos. Por desgracia, "Piercing" sale perdiendo en la comparación. Porque a pesar de un arranque prometedor y del interés que despiertan las taras, filias y fobias de los dos protagonistas, al final su tira y afloja termina resultando repetitivo.

La película intenta profundizar en el pasado de los personajes, en los traumas que atesoran cada uno desde su infancia (la pulsión homicida de él, la necesidad de automutilarse de ella). Y lo hace, eso hay que agradecérselo, en un tono ligero, sin cargar demasiado las tintas en el aspecto dramático de la historia (sin dar el coñazo, hablando en plata). Lo que ocurre es que los personajes no son tan interesantes. No tienen tantas cosas que contar y al final, lejos de ver una evolución, lo único que miras es el reloj, esperando que la cosa no se alargue.


Nicolas Pesce hace todo lo posible por insuflarle vida a la película, tratando de hacerla visualmente atractiva. Y los protagonistas, como digo, también dan lo mejor de sí mismos. Pero sencillamente es que el material no daba para más (algo que tampoco es de extrañar, teniendo en cuenta que hablamos de una novela que no llega a las 150 páginas. En esa extensión Stephen King no ha terminado ni de describirte el lugar donde se desarrolla su historia).

Así que lo que nos queda es una película extraña, que oscila entre distintos géneros no siempre con fortuna y que intenta estirar una premisa que se agota demasiado pronto. Lo que viene a ser una película fallida que, eso sí, nos deja una moraleja interesante: las locas del coño existen y lo inteligente al cruzarse con una es salir corriendo en dirección contraria.





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