4/7/15


“Asesinos Inocentes” nos pone en la piel de Francisco Garralda, un joven universitario (interpretado por Maxi Iglesias, actor que busca su sitio en la gran pantalla tras petarlo en la pequeña) que es bastante zoquete y que por culpa de su vagancia, pereza y caradura se ha metido en una situación comprometida: está a punto de ser echado de su casa junto a su padre (sin que éste lo sepa), le debe dinero a su jefe, que es un matón de mucho cuidado, y le falta una sola asignatura para aprobar la carrera. Pero su vida puede dar un vuelco si acepta un encargo muy particular que viene directo del profesor Espinosa (Miguel Ángel Solá).


No vamos a entrar a destripar dicho encargo (aunque la trama de la película ya es destripada en los avances o en la sinopsis oficial), porque prefiero que dentro de lo posible lo podáis adivinar directamente viendo la película, que, joder, es como deben descubrirse las cosas y así evitamos ir con ideas predeterminadas, una de las lacras del séptimo arte hoy en día por culpa de internet y los spoilers.

Baste decir que dicho encargo sobrepasa con mucho los límites de la legalidad y es de una moralidad más que cuestionable. Por supuesto, como es de prever, Garralda se niega en un primer momento, pero una serie de acontecimientos le meten irremediablemente en un juego que se ve obligado a ganar porque perder no es una opción, ya que su bienestar y el de sus allegados está en peligro.


Un detalle que me gustaría resaltar es la –hasta cierto punto – verosimilitud de los acontecimientos, porque Garralda es un macarra pero no un criminal, y como tal toda la situación le viene grande y muchas veces es la buena fortuna la que le salva de acabar entre rejas o algo peor. La película gana enteros cuando nuestro protagonista arrastra a sus compañeros de clase a tan macabro juego, si bien es cierto que la forma en que los arrastra es un poco forzada.

Gonzalo Bendala debuta en la dirección y lo hace con este thriller que mantiene al espectador en vilo en todo momento y que tiene varios giros de guión bastante inesperados. Además del ritmo frenético me han gustado mucho los diálogos, pretenciosos como no podrían ser de otra manera viniendo de supuestos estudiantes de psicología, y que debaten de manera bastante interesante sobre la vida, la muerte y el derecho del ser humano a terminar con su propia existencia..
  

Quizás el único punto negativo es que el final es previsible y traído por los pelos, y da la impresión de que el autor se quedó sin ideas sobre cómo cerrar la trama e improvisó de lo lindo. De todas formas son estas películas las que resultan necesarias para revitalizar un panorama nacional al que tanto le gusta encallarse en clichés. A ver si salimos ya de la etapa de comedia chusca basada en contrastes culturales.


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