27/10/17


Hay veces en las que los astros simplemente se alinean. Es lo que le ha ocurrido al Festival de Sitges que, sabiendo que este año celebraba su 50 aniversario, quiso contar con tiempo con un maestro de ceremonias de excepción, como es Guillermo del Toro. Presencia que fue revelada con 365 días de antelación, en la clausura de Sitges 2016.

Claro, tener a Del Toro ya es de por sí un gran atractivo. Pero cuando justo ese año el director firma una de sus mejores películas, como es "La forma del agua", la cosa pinta aún mejor si cabe (sobre todo cuando logras amarrar la cinta para que inaugure el festival). Y si ya resulta que, contra todo pronóstico, en el Festival de Venecia deciden apostar por el fantástico y le otorgan el León de Oro, pues mira, resulta que has hecho un pleno al 15.


"La forma del agua" es un cuento de hadas hermoso pero oscuro. Guillermo del Toro regresa a esa suerte de realismo mágico que tan buen resultado le dio en "El laberinto del fauno" para contarnos la historia de amor entre una joven muda (espléndida Sally Hawkins, no por nada firme candidata a conseguir, cuanto menos, una nominación al Oscar a la mejor actriz) y una criatura marina salvaje retenida en unas instalaciones gubernamentales. 

En realidad, la trama es muy sencilla, pero es que no importa tanto el qué cuenta, sino el cómo lo cuenta. Ahí es donde Del Toro se hace grande. Consciente o inconscientemente (yo apuesto más por lo primero), en cada plano de la película se nota su doloroso paso por Hollywood. Sus pulsos con los grandes estudios, las presiones, los proyectos que nunca terminan de cuajar (esa "En las montañas de la locura" que tanto me gustaría ver en pantalla grande, y que me temo que me quedaré con las ganas).


Es como si Del Toro hubiera dicho "a la mierda". No quiero escuchar a otro ejecutivo, no quiero más sugerencias que en realidad son imposiciones. Voy a hacer una película más pequeña pero infinitamente más personal. Una que tenga todo lo que a mí me gusta. Una en la que por fin poder en práctica todo aquello de lo que siempre hablo (es un placer escuchar al director hablar de cine) pero que luego no siempre aparece reflejado en la pantalla. Y es que es curioso que el responsable de gigantescas cintas como "Pacific Rim" o "La cumbre escarlata", llenas de megaestrellas, siempre dé lo mejor de sí mismo en proyectos más minoritarios como "El espinazo del diablo" o "El laberinto del fauno".

En este sentido, se podría decir que "La forma del agua" es su mejor película. No sé si la más auténtica, pero posiblemente sí la más personal. Una en la que se nota el inmenso amor de Del Toro por el séptimo arte. Sus habilidades como contador de historias. Como soñador que quiere compartir con la audiencia aquellas ideas locas que le rondan por la cabeza y a las que necesita dar salida.


Es esa fuerza, ese empuje, esa pasión, lo que eleva "La forma del agua" y la convierte en un triunfo que se colará en la ceremonia de los Oscar (aunque ya vaticino que no se llevará los premios importantes. A la Academia le encanta aparentar modernidad, pero en realidad siguen pensando que el género fantástico no es auténtico cine). Y es lo que la convierte en un gran título a pesar de sus fallos y puntos débiles.

Porque sí, los tiene. Y se le notan. Se mire como se mire, y a pesar de esa dosis de realidad con la que el director quiere recubrir su obra (ese componente sexual que no se esconde en ningún momento), "La forma del agua" está llena de personajes-clichés. Desde el malo malísimo Michael Shannon (genial, como siempre), hasta Richard Jenkins, pasando por Michael Stulhbarg u Octavia Spencer. No nos engañemos. Están todos increíbles porque son actores de primer nivel. Pero sus personajes son tan entrañables como planos.


También podría detenerme a contarles que, por mucho que el gran Guillermo insistiera en la rueda de prensa que intentó alejarse todo lo posible de Abe Sapiens y de la Criatura del Lago Negro, su monstruo es precisamente un cruce de ambos (si me dicen que es el primo del personaje de Hellboy, me lo creo). O los inevitables paralelismos con "Amélie", película de la que bebe mucho, no sólo en cómo cuenta la historia, sino en el uso del color y de ciertos movimientos de cámara.

Podría seguir hablando de fallos, errores, imperfecciones. Pero entonces estaría dejando que la magia se me escapara entre los dedos. Porque lo mejor de "La forma del agua", como dije antes, está en cómo cuenta su historia. El modo en que nos emociona, nos hace sonreír, logra que incluso los escépticos como yo se dejen llevar un momento por la belleza de un mundo cruel, sí, pero infinitamente romántico. Es una obra hecha con el corazón que habla directamente al corazón del espectador. Las palabras pueden describir el cascarón, pero nunca serán justas con la magnífica obra de Guillermo del Toro ni con lo que es capaz de hacernos sentir.


Sitges 50 se estrenó con una película 10. ¿Qué más se puede pedir?


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