4/10/17


¿Ver la misma película dos veces en un festival y encima sacar conclusiones completamente distintas sobre ella? Pues sí, es posible. Sobre todo si la primera vez que visionas "You were never really here" lo haces cansado y con unas expectativas concretas, y la segunda vez lo haces mucho más fresco y sin ideas preconcebidas, sabiendo bien lo que te vas a encontrar.

Vayamos por partes. Decir que el primer visionado de "You were never really here" me horrorizó es quedarme corto. Me pareció una película mala con avaricia. Pero, en una excepción a mi regla de no revisionar pelis (hay demasiado que ver y muy poco tiempo, así que para bien o para mal me suelo fiar de mis primeras impresiones...sobre todo después de haber disfrutado hace muchos años de "Un toque de infidelidad" y, tras recuperarla mucho después en televisión, preguntarme qué me había tomado el día que la vi por primera vez, porque es bastante mediocre) en este caso decidí darle una segunda oportunidad. Porque algo me decía que quizás no había sido del todo justo con la cinta de la directora Lynne Ramsay.


Ya les digo que, incluso en estos casos, por lo general el segundo visionado me lleva a reafirmarme en mi primera impresión (otro caso más o menos reciente fue "El viento se levanta". Que sé que es del maestro Miyazaki, pero cuando ves una peli dos veces y en ambas ocasiones te quedas dormido es que decididamente no es para ti). Pero una vez más, ésta es la excepción que confirma la regla, ya que no es que me gustara un poco más: es que me apasionó.

Tranquilos, que todo tiene una explicación. Una que voy a compartir con todos ustedes, para que sepan a qué enfrentarse cuando la peli se estrene en salas comerciales el próximo mes de noviembre. Pero antes, como siempre, vayamos primero una pequeña sinopsis.


Joaquín Phoenix es un "solucionador". Un tipo con muchos traumas y con una curiosa relación con su madre que básicamente se dedica a resolver problemas, la mayoría de las veces martillo en mano y rompiendo cabezas. Pero oye, hace pocas preguntas, es muy efectivo en su trabajo y además tiene su propio código ético, así que miel sobre hojuelas.

Entonces un buen día le contratan para que rescate a la hija (prácticamente una niña) de un político que está siendo retenida por una organización de trata de blancas y, como no podía ser de otro modo, la cosa se complica. Muy mucho. Y se arma la de Cristo.


Pues de eso trata "You were never really here". A decir verdad es posible que la sinopsis sea más extensa y precisa que la información objetiva que ofrece la película. Porque, y aquí es donde quería llegar, estamos ante un film exiguo en diálogos, en el que se dice poco y se sugiere mucho. Es de estos casos en los que el espectador tiene que hacer la mitad del trabajo (si no más) para rellenar todos los puntos. Se dejan caer cosas y uno sale con la impresión de que le han dado más información de la que en realidad le han suministrado.

Y claro, cuando la ves cansado y esperando un thriller violento, decir que te quedas desconcertado es poco. Por eso lo disfruté mucho más la segunda vez, cuando dejé de intentar buscarle sentido a la trama (aquí vale el tópico de "guión que cabe en una servilleta") y me dediqué a disfrutar de la excelente estética que le confiere su directora, que le otorga al relato un tono entre gris y sucio perfecto para describir a unos personajes moralmente ambiguos con los que no resulta fácil empatizar.


"You were never really here" es un ejercicio de estilo. Uno que además tiene la suerte de contar con un Joaquín Phoenix en estado de gracia (vamos, como casi siempre) que sí, que estará colgado y quizás no sea la persona más simpática de la tierra, pero es un actorazo (cómo me alegro de que su retirada fuera sólo una estrategia publicitaria al servicio de aquella bizarrada dirigida por Casey Affleck llamada "I'm still here")

Phoenix, sólo con su rostro, sin apenas hablar, sabe transmitir todo el dolor, la confusión y la desesperación de un personaje cuya vida siempre ha girado en torno a la violencia, y que ve en este caso la oportunidad de redimirse, aunque por el camino experimente grandes pérdidas. Es la oportunidad de "estar presente" en una vida en la que, como sugiere el título, realmente nunca hizo acto de presencia, caminando como un fantasma por su propia existencia. Y sé que dicho así suena muy poético, pero piensen que también hay sangre, muertos y martillazos en la cara, para compensar el exceso de poesía.


Si cuando la vean les gusta, me alegraré mucho. Y si no, por favor, no descarten darle una segunda oportunidad. Yo lo hice y ya ven, he pasado de poder escribir una critica incisiva a otra en la que me rindo a las virtudes de una película que no intenta agradar al público sino contar lo que le da la gana del modo en que le da la gana. Chapó.





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