24/11/15


Mientras escribo esto no puedo dejar de pensar en Marc Márquez (sí, como les decía mi amigo Nacho, en esta web además de frikis somos amantes de casi todos los deportes). Cuando estalló la polémica, daba igual lo que Márquez hiciera. Si ganaba, parecía que había caído en la trampa de Rossi. Si perdía, parecía que tenía una cruzada en su contra. Hiciera lo que hiciera, la gente sacaría sus propias conclusiones.

Pues ahora mismo, no se los voy a negar, me siento un poco así. Tras posicionarme a favor de Dani Rovira y Clara Lago en sus declaraciones en El Hormiguero, si ahora digo que "Ocho apellidos catalanes" es una gran película, parecerá que sí que les hago la pelota por algún motivo. Si digo que es mala, habrá quien crea que lo hago por compensar (¿compensar el qué? Ni idea, pero tranquilos, que a alguien se le ocurrirá algo) o puede que pierda la simpatía de algún lector. Escriba lo que escriba, la gente interpretará lo que le dé la gana. 


De modo que lo único que puedo hacer es quedarme con la conciencia tranquila, confiar en que la gente entienda que esto sólo es una crítica de alguien con gustos personales (no se fíen a ciegas nunca de un crítico, no sé cuántas veces voy a tener que repetirlo) y decir lo que verdaderamente pienso: que la película es una muy digna secuela, pero varios pasos por debajo de la cinta original.

"Ocho apellidos catalanes" (que firma de nuevo Emilio Martínez Lázaro) es entretenida y tiene algunos chistes muy inspirados, pero cuenta con dos grandes problemas: le sobran tramas y le falta frescura. En cuanto a lo primero, lo malo es que, al incluir nuevos personajes e intentar que todos (los nuevos y los ya conocidos) tengan algo que decir, al final ninguna de las historias tiene tanto recorrido como sería aconsejable. Muchas ideas interesantes sobre el papel pero que no se terminan de resolver de un modo satisfactorio sino de forma algo atropellada, de manera que el tercer acto funciona casi más por inercia que porque el clímax final esté brillantemente hilado.


Servidor se quedó con la sensación de que la historia de Belén Cuesta daba mucho más juego, así como el tema de la "independencia del pueblo catalán" (al menos de un pueblo). Sin contar con todo lo que rodea al personaje de Rosa María Sardá, lo mejor de la función con diferencia, y que no tiene una conclusión a la altura de lo que se merecía la actriz y su personaje. Una pena.

En cuanto al tema de la frescura, citaré, una vez más, a William Goldman: en el mundo del cine nadie sabe nada. Es imposible explicar de manera racional por qué "Ocho apellidos vascos" tuvo tanto éxito. Sí, la historia era divertida, y sí, los personajes eran carismáticos y sí, los actores estaban muy bien (sus tres premios Goya así lo demuestran, en una ceremonia en la que eché de menos al menos una nominación para Clara Lago, a la que en esta saga le toca lidiar con el personaje con menos posibilidad de lucimiento, y aún así logra una intepretación más que notable). Pero nadie, ni el público, ni los críticos, ni sus propios responsables saben exactamente qué gustó tanto.


Ahí está el problema. Que cuando no sabes por qué una peli funciona y otra no tanto, empiezas a dar palos de ciego. Tienes claro que el personaje de Karra Elejalde funcionaba, así que en esta película le das aún más cancha. Dani Rovira sabes que es muy gracioso, así que le metes en todo tipo de apuros y repites el gag de los acentos. Pero en el fondo está todo mucho más medido, más calculado, resulta menos natural. Y por desgracia eso se nota (quizás la menos "forzada" sea Carmen Machi...y entonces lo que ocurre es que quieres verla más en pantalla. Qué jodido es encontrar el equilibrio en un guión como éste, incluso estando firmado por dos monstruos como Borja Cobeaga y Diego San José). 

De ahí que lo mejor de la función sean precisamente los personajes nuevos, esos que no cuentan con el hándicap de la presión de lo que el público espera de ellos (es decir, algo nuevo pero que a su vez sea más de lo mismo). En especial, como decía, Belén Cuesta (menuda robaescenas) y, sobre todo, la Sardá, que borda su papel de matriarca catalana con mala leche. Suyos son los mejores momentos de la película (en comparación me gustó menos el personaje de Berto; sobre el papel todo el tema del hipster hace gracia, pero, no me pregunten por qué, luego en pantalla la cosa no termina de funcionar).


Aún así, a pesar de sus excesivas historias, su guión que avanza a trompicones y ese agarrotamiento típico de quien sabe que todo el mundo mirará con lupa esta segunda parte, "Ocho apellidos catalanes" funciona. Gracias a unos personajes (y unos actores) que caen bien y que hacen que, en el fondo, pases por alto los defectos de la trama para disfrutar de sus desventuras. Porque les tienes cariño. Porque te preocupas por ello. Y porque aunque sabes cómo va a terminar todo, aún así quieres verlo.

"Ocho apellidos catalanes" ha entrado como un tiro en la taquilla, convirtiéndose en el mejor estreno español del año. No saben cuanto me alegro. Porque sus responsables se lo han currado, porque que las películas españolas triunfen siempre es positivo (aunque, señores productores, no sean cortos de miras; lo de las comedias está genial, pero no tiene por qué apostar solo por ellas, que parece que ya nos hemos olvidado de "Rec" y del excelente cine fantástico que se hace en este país cuando alguien apuesta por ello) y porque, aunque como digo me gustó menos que la primera, si hacen una tercera parte pueden contar conmigo.


Quien sabe, a lo mejor si la saga continúa, terminamos teniendo unos "Ocho apellidos canarios". No negaré que me haría ilusión ver cómo tratan los tópicos sobre mi tierra...




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