11/9/15



Parece que fue ayer, pero ya han pasado 30 años desde que un pixelado fontanero llamado Mario llegó a nuestras consolas. Era plebeyo. Más bien rechoncho. Mal vestido. Y su profesión no auguraba un olor corporal fresco, precisamente. Aún así, Mario tenía ese nosequé que hizo caer rendidos a sus pies no sólo a la realeza, sino a una industria al completo y tres generaciones de aficionados a ese nuevo hobby de nombre tan ochentero como “ocio electrónico”. 

Lo que está claro es que ese algo no era labia (Mario apenas ha pronunciado más de tres frases en 30 años, ni una con subordinadas). Sería su talante soñador, su lealtad, quizás su valentía. O lo más evidente: su extremada sencillez. 310 millones de videojuegos vendidos después, y reconocimientos internacionales a su valor cultural como el BAFTA o el Príncipe de Asturias, Super Mario llega este domingo, 13 de septiembre, a la treintena. Sin canas ni arrugas. Faltaría más.

Mario le debe la vida a Popeye. Todo empezó a finales de los setenta. Nintendo ficha a un jovencísimo Shigeru Miyamoto, diseñador industrial y aficionado al manga (dibujos animados japoneses). Al poco de entrar, le encargan su primer proyecto: diseñar una máquina arcade para el público norteamericano.

La cosa era fácil porque el protagonista tenía tirón. Y va y Nintendo pierde la licencia de héroe de las espinacas. Zas. La compañía nipona pidió a sus mentes creativas, entre las que deambulaba el todavía inexperto Miyamoto, que le dieran ideas para un videojuego arcade. “Pensé en ideas de juego para que la compañía escogiera la mía”, cuenta Miyamoto. Y efectivamente, su proyecto resultó ser el caballo ganador: Donkey Kong salió a la venta en 1981. Su protagonista, Jumpman (o Mr. Video Game, como le llamaba Miyamoto), un carpintero fofisano y bigotudo, debía salvar a su amada Pauline de las garras de un feroz gorila, Donkey Kong.

La recreativa vendió 60.000 unidades, batiendo sólo la primera semana todos los récords de recaudación. “Descubrí que aquello era algo muy especial. Me sentía como un artista de animación que usa pinceles y papel para crear mundos animados e introducir en ellos a la gente”, reconocía Miyamoto en una entrevista.

“Tuve mucha suerte de que un personaje que más tarde se llamó “Mario” naciera en ese juego y que crear videojuegos se haya convertido en mi rol permanente en la compañía”, continúa el desarrollador. Para 1985 Jumpman se había reciclado. Cambió su nombre por uno más universal, Mario, y la ebanistería por la fontanería. Fueron los empleados de Nintendo of America los que le bautizaron como Mario, debido al parecido de Mr. Video Game con el casero del almacén que utilizaban entonces.


Lo que no se quitó fue el bigote (las limitaciones de la época no permitían recrear expresiones faciales, así que para que los jugadores reconocieran su cara, le puso una gran nariz y un gran mostacho, del que no se movió un solo un pelo hasta la llegada de Mario Kart 8 en 2014 para Wii U), ni la gorra (el movimiento del pelo era complicadito), ni la vestimenta (si llevaba manga larga, tampoco conseguían plasmar cómo movía los brazos, así que un mono azul y camisa roja y a correr).

Mario We love you.

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