18/9/15


Ciertamente no tenía ninguna esperanza en la secuela de “El Corredor del Laberinto”, película de 2014 basada en otra trilogía de novelas de relativo éxito de esas protagonizadas por adolescentes que deben salvar el mundo en lugar de dedicarse a hacer pellas y folletear como es lo propio de su edad.

La primera entrega me pareció una cinta muy bien producida, con una más que interesante factura, pero creo que le faltaba algo, sembraba demasiados interrogantes sin despejar ninguna duda (cosa que el libro sí hacía, o al menos lo hacía en mayor medida que la película) y la vida de los protagonistas te daba igual. Personalmente no llegué a sentir la más mínima empatía por ninguno de ellos y la muerte “dramática” del final me dio lo mismo.


Pero oigan, esta secuela saca oro de los 130 minutos que dura y la he disfrutado muchísimo. ¿Las claves? Pues sencillamente que ha aprendido de todo lo malo que tuvo “El Corredor del Laberinto” para hacer de “Las Pruebas” una de las mejores cintas de aventuras dirigidas a un público juvenil que he visto en los últimos tiempos.

Aunque con ciertas lagunas – sigue sin explicarse por qué la tierra está plagada de “zombis” - cambia de rollo totalmente y pasa de ser una versión rara de “El Señor de las Moscas” a parecerse a un cruce de “Mad Max” con una película de George A. Romero.


La cinta arranca con el grupito de supervivientes dirigido por Thomas llegando a unas instalaciones donde conoceremos a un nuevo personaje clave de la saga, Janson (interpretado por Aidan Gillen, Meñique en "Juego de Tronos"). Desde el comienzo las revelaciones son continuas y sabremos el por qué de los laberintos, la verdad sobre C.R.U.E.L (la organización que los metió en ellos), el destino de los supervivientes de la Tierra o varios parentescos unidos a alianzas y traiciones insospechadas.

“El Corredor del Laberinto: Las Pruebas” es una verdadera montaña rusa de emoción, riesgo y adrenalina, y tiene un par de escenas alucinantes, como la persecución de los infectados a través de los edificios derruidos. Esta espectacularidad viene dada en parte gracias al holgado presupuesto de la cinta y a la cuidada dirección de Wes Ball, amén del trabajo en la fotografía de Gyula Pados. Por último, a nivel técnico, me gustaría destacar a John Paesano, que consigue con sus partituras que la tensión se pueda cortar con un cuchillo o que notemos casi cómo las balas pasan a nuestro alrededor en los momentos más frenéticos.


Aún no entiendo por qué la crítica especializada está destrozando a esta más que eficiente secuela. Se ve que sobre gustos, colores, pero como siempre a un servidor estas cosas se le escapan.


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