22/8/15


Adoro el cine, y precisamente por eso cada vez intento ir más al teatro.

La frase es confusa, lo sé, así que trataré de explicarme mejor. La gran pantalla, aparte de excelentes películas y magníficos guiones (cada cual tira para lo suyo), nos permite disfrutar de interpretaciones de primer nivel, a cargo de actores y actrices que demuestran ser los mejores en lo suyo. Hablo de esas estrellas que nos regalan trabajos memorables y a los que queremos ver prácticamente en cualquier film en el que tengan a bien participar (si Natalie Portman rodara las páginas amarillas, pagaría religiosamente mi entrada, y con sumo gusto) porque somos devotos de su talento.

Así que, ahora les pregunto, ¿no les gustaría ver a Al Pacino, a Neil Patrick Harris, a Marisa Tomei...actuar en directo para ustedes? Verles trabajar sin red, al natural, en una representación única e irrepetible (porque, como ocurre con los conciertos, nunca hay dos funciones que sean exactamente iguales)

Pues eso es lo que brinda el teatro. Broadway, en Nueva York y, un poco más cerca de casa, los escenarios londinenses.

Por cierto, todo sea dicho, los ejemplos que he puesto son reales, he podido constatar de primera mano el talento de estos tres monstruos de la interpretación (y ya sé que el Oscar a Marisa Tomei quizás fuera injusto. Pero la chica, como los buenos vinos, no ha dejado de mejorar con la edad, física e interpretativamente hablando). Pensándolo bien podría dedicar una serie de artículos a las obras más destacadas a las que he podido asistir. Quizás lo haga,  No obstante, hoy toca hablar de una obra que aún está en cartel en Londres (hasta el 31 de octubre): "Hamlet", con Benedict Cumberbatch.


Que el protagonista de "Sherlock" tiene una sólida base de seguidores es algo que a nadie se le escapa. Pero admito que nunca creí que tuvieran TANTOS fans. Las entradas para la obra salieron, si mal no recuerdo, en julio de 2014 (más de un año antes del estreno, algo inaudito) y al enterarme pensé que estaría genial ver la obra, que en cuanto tuviera algo de tiempo no sería mala idea echarle un vistazo al tema de las entradas.

Como adivino no tengo precio. Porque, cuando un par de semanas más tarde entré en la web oficial del teatro (el Barbican, para más señas), descubrí con una mezcla de sorpresa y terror que ya no quedaban entradas. Para ninguna función, ningún día de los casi tres meses en los que iba a estar en cartel (5 agosto/31 octubre). De todos modos, como luego supe, habría dado igual que me hubiera esforzado por conseguirlas más deprisa, porque se agotaron en una mañana. 20.000 personas batallando online por hacerse con un codiciado ticket. Como las grandes estrellas de rock.


Desde entonces, no dejé de prestar atención, a la espera de que salieran nuevas entradas. Así es como descubrí que los tickets se vendían en la reventa a unas 400 libras (precios estratosféricos que obligaron a los responsables del teatro a decidir que el comprador tenía que acudir personalmente a ver la obra...y enseñar su carné de identidad, para evitar estos turbios negocios). Y que en los "hotel packages" (ofertas en las que, si pillas una habitación de hotel, puedes conseguir una codiciada entrada) la broma, entre unas cosas y otras. se ponía en 200 libras...yendo solo.

Al final, hace sólo unos pocos meses, el teatro hizo un sorteo en el que los ganadores tenían la posibilidad de comprar su entrada por 10 libras. Participé. Por una vez en la vida, gané. Y así es como pude ver la espectacular función.

(Por cierto, un último chascarrillo. En su momento pensé que era la típica estrategia comercial en la que todos los participantes logran hacerse con una entrada, como si la demanda hubiera disminuido. Una vez más, me equivoqué, como comprobé al descubrir que había gente que hacía noche en el teatro para intentar conseguir una entrada - siempre hay unas pocas disponibles en taquilla para el mismo día de la función - De modo que sí, fui muy afortunado).


Vamos a lo importante, que tampoco es cuestión de aburrirles demasiado. "Hamlet", como vehículo de lucimiento de Benedict Cumberbatch, funciona a las mil maravillas. El intérprete, cuya fama sigue creciendo día a día (y esperen a que se estrene el "Doctor Extraño" de Marvel) actualmente está en estado de gracia. Su Hamlet, personaje, tiene todos los matices imaginables. La altanería que ya muestra en Sherlock. Un punto de locura, otro de determinación...y una envidiable vis cómica a la que debería sacarle más partido en el futuro.

Cumberbatch se come la función. Se entrega al personaje, se vacía, lo da todo...y cuando termina la función, recibe una soberana y merecida ovación.


Por cierto (espero que me perdonen por este nuevo inciso), pude comprobar personalmente que la fama de tipo accesible y simpático que tiene es real. A pesar de que el teatro había publicado que el actor no firmaría al final del espectáculo (incluso llegó a colocar carteles en la "stage door", es decir, la puerta por la que salen los actores), Cumberbatch decidió que sí, que lo menos que podía hacer era devolver al público parte del cariño recibido. Y eso que las colas a la salida eran inmensas, rara vez he visto algo similar (hablo de unas 500 personas por noche esperándole).

He de decir que nunca he creído que los actores le deban nada al público. Es decir, los espectadores pagan su entrada y los actores representan su papel. No tienen por qué ser simpáticos fuera del escenario, ni firmar, ni hacerse fotos, ni nada. No, no tienen ninguna deuda contraída. No nos pertenecen.


Pero, dicho eso, he de decir que me parece admirable que haya quienes entienden que ese tipo de acciones, saludar a los fans, firmarles el programa, dejarse ver... es parte del negocio. Que ser simpático es un plus, que no cuesta nada hacer feliz a la gente. No hace falta llegar a los niveles de Bryan Cranston (estuvo hora y media firmando y haciéndose fotos con todos los presentes, e incluso te preguntaba de dónde eras y charlaba contigo) pero tampoco hace falta ser desagradable (aún recuerdo a Natasha McElrone, metiéndose a toda prisa en su coche, ignorando a ¡dos! fans que le pedían un autógrafo. Mi vida no va a cambiar por tener su rúbrica, pero digamos que es muy poco probable que vuelva a pagar por verla en teatro)

Afortunadamente cada vez hay más actores que se muestran encantadores, como Hugh Jackman, y menos cretinos pagados de sí mismos (¿lo pillas, Denzel?)

Pues, como decía, Cumberbatch cada noche sale del teatro y firma lo que no está en los escritos. Sonríe, charla brevemente... Incluso en los primeros días se hacía fotos, aunque vista la cantidad de gente que se congrega cada noche esperándole, no me extraña que ya no lo haga. Que una cosa es la sencillez y otra que se tenga que quedar a dormir allí por culpa de los aficionados.


Eso en cuanto a su protagonista. Pero es que "Hamlet" es mucho más que un actor (y que dos, aunque en el extenso reparto hay que hacer una mención especial a Ciaran Hinds, ese eterno secundario ("Juego de tronos", "Political animals") que siempre borda su papel y que aquí está simplemente sublime). Es una magnífica adaptación de la obra de Shakespeare, ligeramente recortada (la obra original ronda las cuatro horas; esta versión se queda en tres) pero de manera brillante, que hace que no eches en falta nada (seré sincero; más allá de los cambios en el inicio, ni siquiera sé qué quitaron exactamente).

"Hamlet", obra, va de menos a más. Comienza de un modo un tanto extraño, sin que quede muy claro la época histórica en la que sucede (es lo genial de "Hamlet", que puedes ambientarla en cualquier periodo histórico y siempre funciona igual de bien). No hay fantasma ni prólogo, comenzamos directamente con Benedict Cumberbatch y su amigo Horacio, que curiosamente lleva ropas actuales...aunque el resto llevan una indumentaria mucho más clásica.

Durante la primera parte de la función, a pesar de una puesta en escena interesante (en buena parte debido a las grandes dimensiones del escenario, que permiten dar profundidad de campo al planteamiento escénico) el éxito parece fiarse al buen hacer de su protagonista, como si con semejante as en la manga no hiciera falta nada más para ganarse al público.


Error. Porque, poco a poco, el planteamiento de la directora Lyndsey Turner comienza a crecer en intensidad y ambición. El final de la primera parte, antes del intermedio, es de los que te dejan con la boca abierta, y la última hora de la función es para quitarse el sombrero. Una verdadera joya a todos los niveles.

Mi consejo, no voy a negarlo, es que si tienen oportunidad de ver la obra, no la desaprovechen. Si acceden a la web oficial, es posible que aún encuentren alguna entrada aislada. Si no, siempre les queda el recurso de hacer cola desde primera hora para hacerse con el codiciado ticket. Y si tampoco les convence esta solución, en octubre, al menos en Reino Unido, se emitirá en algunos cines una grabación de la obra teatral (ojalá en España también se animen a proyectarla)


En cualquier caso, es mi deber dejar claro que el "Hamlet" de Cumberbatch es una de esas cosas de las que se seguirá hablando durante muchos, muchos años. Y de forma más que merecida.


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