21/10/18



Reed parece un tipo normal. Tiene una mujer encantadora, un bebé precioso y un buen trabajo. Todo va como la seda...o lo iría si no escuchara voces y tuviera alucinaciones. Y claro, ya se sabe que los amigos imaginarios, incluso cuando toman la forma de tus seres queridos, no siempre dan los mejores consejos, como cuando te sugieren que deberían apuñalar a alguien hasta la muerte.

Puede que Reed tenga unas inclinaciones un poco "Dexter style", pero no es idiota. No va a hacerle eso a sus seres queridos. Así que decide inventarse un viaje de negocios y contratar a una prostituta, convencerla de que quiere una sesión de sadomado y, una vez que la chica esté atada...pues eso, al tajo (nunca mejor dicho).


Sobre el papel, el plan parece perfecto. Pero cuando en tu camino se cruza una prostituta con problemas psicológicos, vamos, que está como unas maracas, parece claro que todo se va a complicar mucho más de lo esperado.

Este es el planteamiento de "Piercing", la película de Nicolas Pesce basado en una novela de Ryu Murakami. Una idea atractiva que estoy convencido de que habría podido convertirse en un cortometraje magnífico, pero que no logra sostenerse como largometraje, ni siquiera aunque el resultado final sean unos escuetos 80 minutos (títulos de crédito incluidos).

En realidad "Piercing" funciona casi como una obra teatral, ya que el grueso del film tiene lugar en dos únicas localizaciones (una habitación de hotel y un salón) en las que Mia Wasikowska (igual de magnífica que siempre) y un inspirado Christopher Abbott comparten pantalla prácticamente todo el tiempo (también se deja ver en el film la española Laia Costa, pero su presencia es casi testimonial).


Historias de dos personajes que te dejan clavado en la butaca, hay muchas. "La Huella", "Hard Candy" o la más reciente "La venus de las pieles" (estoy enamorado de ese texto teatral) son sólo algunos ejemplos. Por desgracia, "Piercing" sale perdiendo en la comparación. Porque a pesar de un arranque prometedor y del interés que despiertan las taras, filias y fobias de los dos protagonistas, al final su tira y afloja termina resultando repetitivo.

La película intenta profundizar en el pasado de los personajes, en los traumas que atesoran cada uno desde su infancia (la pulsión homicida de él, la necesidad de automutilarse de ella). Y lo hace, eso hay que agradecérselo, en un tono ligero, sin cargar demasiado las tintas en el aspecto dramático de la historia (sin dar el coñazo, hablando en plata). Lo que ocurre es que los personajes no son tan interesantes. No tienen tantas cosas que contar y al final, lejos de ver una evolución, lo único que miras es el reloj, esperando que la cosa no se alargue.


Nicolas Pesce hace todo lo posible por insuflarle vida a la película, tratando de hacerla visualmente atractiva. Y los protagonistas, como digo, también dan lo mejor de sí mismos. Pero sencillamente es que el material no daba para más (algo que tampoco es de extrañar, teniendo en cuenta que hablamos de una novela que no llega a las 150 páginas. En esa extensión Stephen King no ha terminado ni de describirte el lugar donde se desarrolla su historia).

Así que lo que nos queda es una película extraña, que oscila entre distintos géneros no siempre con fortuna y que intenta estirar una premisa que se agota demasiado pronto. Lo que viene a ser una película fallida que, eso sí, nos deja una moraleja interesante: las locas del coño existen y lo inteligente al cruzarse con una es salir corriendo en dirección contraria.






Adoro a Aubrey Plaza desde que la descubrí en la muy reivindicable serie "Parks and recreations" (de donde también salió Chris Pratt). En un elenco lleno de personajes excéntricos (¿alguien ha dicho Ron Swanson?) ella se llevaba la palma con su April Ludgate.

Luego empiezas a seguir su carrera y te das cuenta de que, más allá de que sea una buena actriz y una gran comediante, bueno, pues que da la sensación de que en la vida real ella es así de rara. Sólo tienen que buscar en youtube algunas de sus intervenciones en distintos late nights para comprobar que es una tipa extraña con un sentido del humor muy particular. 


Por ese motivo, desde que supe que Plaza era la protagonista de "An evening with Beverly Luff Linn", tuve claro que iba a asistir a una película bizarra. Lo que no podía suponer es que fuera a ser tan bizarra. Posiblemente la comedia más inclasificable del año, en la que es difícil decidir si estamos asistiendo a una genialidad o a una mamarrachada.

Al loro con la sinopsis. Lulu es camarera y está casada con el dueño del restaurante (Emile Hirsch, cada vez más cerca de metamorfosearse en Jack Black, física e interpretativamente). Pero después de que su marido decida robar al hermano hindú de Lulu (vale, ya empezamos) y que éste contrate a un inepto solucionador, Colin, para recuperar su dinero (Jemaine Clement, protagonista de "Flight of the Conchords" y que actualmente comparte reparto con Aubrey Plaza en la genial serie "Legion"), lo que pasa al final es que Lulu y Colin (que a todas estas es virgen) deciden huir juntos.


¿Eso es todo? Ni de lejos. Porque acaban en un hotel de mala muerte donde resulta que va a actuar Beverly Luff Linn (Craig Robinson...porque sí, Beverly "es un nombre de tío", como no se cansa de repetir la protagonista), que realmente no habla, sino que gruñe, y que fue el gran amor de Lulu años atrás.

Se los advertí: esto es raro de narices.

Porque, para terminar de rematarlo, todas las actuaciones están exageradas hasta el infinito. Si la comedia es ritmo, aquí alguien se ha olvidado de marcar los pasos, ya que los gags están alargados, las reacciones caen en la sobreactuación y a ratos sencillamente no sabes qué diablos están viendo. Es como asistir a una broma privada que no estás seguro de estar pillando (El hermano hindú y los trabajadores de la cafetería parecen sacados de la sección de Javier Cárdenas en los tiempos de "Crónicas marcianas").


De modo que te pasas la mayor parte de la película tratando de decidir si están viendo algo original o si directamente te están tomando el pelo. Lo que pasa es que, más allá de su aspecto extravagante y de sus diálogos absurdos, sí que es cierto que "An evening with Beverly Luff Linn" tiene alma. En parte gracias a la química entre Plaza y Clement, ambos excelentes cómicos, que aquí además logran transmitir humanidad a sus personajes (la tristeza de ella, el patetismo de él).

Más allá de sus rarezas, de sus apuestas arriesgadas, de sus "what the fuck" (y de la música que comparten con "Clímax", el tema "Supernature" de Cerrone), "An evening with Beverly Luff Linn" narra la historia de unos inadaptados en busca de la felicidad. A lo mejor es porque era Sitges, a lo mejor es que tenía el día tonto, pero me parece una película muy simpática a la que merece la pena darle una oportunidad.


Ah, y por si no comparten mi devoción por Aubrey Plaza, que sepan que también sale el grandioso Matt Berry ("Los informáticos") demostrando el inmenso comediante que es. Si no consigue arrancarte una sonrisa, eso es que estás muerto por dentro. 


20/10/18


Los británicos, cuando se ponen, hacen unos thrillers (con elementos de terror) de lo más apañados. Me refiero a películas pequeñas, de esas que no causan gran revuelo, pero que están muy bien armadas. Que te atrapan. Ahora mismo me vienen a la cabeza, por ejemplo, "Eden Lake" o "Tower Block", dos films que pasaron por Sitges y que fueron gratas sorpresas, a pesar de no convertirse en títulos de esos que conoce el público mayoritario.

Desgraciadamente, y a pesar de lo mucho que me hubiera gustado, "White Chamber" no entra en esta categoría.


Y ojo, que la premisa resulta de lo más interesante. En un Reino Unido a la vuelta de la esquina, envuelta en una guerra entre un Gobierno totalitario y una facción rebelde dedicada a derrocar a los dirigentes, a los que considera tiranos, una mujer despierta en el interior de una cámara herméticamente cerrada (la "white chamber" del título) sin que parezca saber bien qué hace allí o por qué la han capturado.

La habitación es, a grandes rasgos, una sala de tortura. Desde fuera, una voz distorsionada, sin rostro, es capaz de elevar la temperatura, de bajarla hasta congelar la estancia, hacer que llueva ácido del techo...todo lo que sea necesario con tal de conseguir respuestas. Respuestas que la prisionera, que afirma ser una simple trabajadora del ministerio, una de tantas, afirma no poseer.


Veo los quince primeros minutos de película y me siento intrigado. Me hago preguntas sobre lo que puede estar pasando. Y sobre todo, me pica la curiosidad sobre cómo será capaz el director, Paul Raschid, de mantener la tensión durante noventa minutos. Lamentablemente la respuesta llega pronto: no es capaz.

(Aunque intentaré no destripar demasiado la película, los dos párrafos que vienen a continuación se puede considerar un spoiler. Avisados quedan).

Porque cuando piensas que toda la película va a ser un juego del gato y el ratón entre los captores y la asustada chica, de repente "White Chamber" revela todas sus cartas, haciendo que las respuestas afloren. Pronto queda claro qué está pasando. Quién es quién. Y peor aún, justo en ese momento comienza un largo flashback que sirve para explicar cómo hemos llegado a la situación presentada al inicio. Ya, lo malo es que esa no es la historia que al menos yo quería ver. Porque una vez que sé cual es el punto de partida y cual el de llegada, terminar de conectar los puntos tampoco resulta ni tan difícil ni tan apasionante.


Para que se hagan una idea, es como si en "Sospechosos habituales" supiéramos desde el principio que Kevin Spaacey es Keyser Söze. Sí, podríamos centrarnos en ver si Chaz Palminteri será capaz de descubrirlo a tiempo, pero en realidad la gracia de la historia se habría perdido.

Pues aquí pasa exactamente lo mismo. Me interesaba el elemento Kafka, el tratar de entender una situación extraña. Tratar de adivinar quién es la mujer, quién es el captor. Quién miente, qué es lo que los personajes buscan. Una vez que ese misterio se revela, el resto, por bien estructurado que esté, carece de interés. Aunque quizás sea yo, pero es el motivo por el que suelo odiar las precuelas. Porque me pueden tratar de engatusar todo lo que quieras, pero sé cómo va a acabar la cosa.


Tampoco ayuda mucho la resolución de la película, risible y absurda. Se toma el camino más fácil, con un giro final tan traído por los pelos, tan poco creíble, que desde luego no ayuda a salir de la sala de cine con una buena sensación. Es el último clavo en el ataúd de una historia que, sin ser mala, sí que es decepcionante. Sobre todo por lo que prometía. Por lo que podía haber dado.

En el lado positivo, los actores. Oded Fehr y Shauna Macdonald se dejan la piel y hacen lo imposible por dotar de vida a sus personajes y darles tridimensionalidad. Pero al final su esfuerzo se ve lastrado por un guión, el auténtico punto débil de la película, que no está a la altura y les impide terminar de brillar del todo.


No me malinterpreten, "White Chamber" no es mala. Pero tampoco es buena. Y viendo los antecedentes, sabiendo lo que otros cineastas son capaces de hacer, hay que pedir más. Sobre todo en una edición de Sitges que ha dejado el listón muy alto en cuanto a la calidad de gran parte de los films proyectados.





Demonios que se propagan a través de internet. Sótanos donde se devoran almas. Un equipo secreto que protege a la humanidad de las criaturas del averno. Fantasmas. Un tipo corriente que descubre que en realidad no es quien cree ser...

Todo esto es lo que ofrece "Nekrotronic", una divertida película de serie B de esas que son muy necesarias en Sitges. Quizás fuera de este festival pierda un poco la gracia, pero en el contexto correcto, con el público adecuado, películas como éstas se agradecen (y se disfrutan) mucho. Porque a veces, entre propuestas arriesgadas, nuevas aproximaciones al género y miradas de autor, es necesario contar con algo que ofrezca un poco de sana diversión, sin mayores pretensiones que las de hacer pasar un buen rato.


Y en este sentido el film del australiano Kiah Roache-Turner triunfa. "Nekrotronic" sigue la senda de su anterior trabajo, "Wyrmwood", que era un entretenido pastiche que mezclaba un poco (un mucho) de "Mad Max" con zombis, acción a raudales, gore y desenfreno. Pues, como reza el dicho, si no está roto, para qué arreglarlo, así que el director continúa por la misma senda, suavizando un poco el tema de la sangre, elevando ligeramente el tono de comedia, pero en líneas generales fiel a su estilo.

La trama es de éstas que tiene que ser divertido ver cómo se la presentan a los productores. Un don nadie adoptado que, de la noche a la mañana, descubre que sus verdaderos padres eran grandes cazadores de demonios, que tuvieron que darlo en adopción para ponerlo a salvo. Todo ello en un momento en el que el infierno por fin entra en el siglo XXI y decide que la mejor manera de cosechar almas es introducirse dentro de las redes sociales, a través de uno de esos juegos para móviles similares al Pokemon Go, pero donde en vez de Pikachu y compañía uno tiene que ver todo tipo de criaturas espectrales.


Si le sumamos a eso a unas hermanas muy "badass", conflictos familiares, muertes, resurrecciones, planes que no salen bien y una lucha contrarreloj para salvar el mundo, ya pueden hacerse una idea de lo que se van a encontrar cuando vean la película. Lo único que puedo decir es que no es buena, pero las piezas encajan. Vamos, que se pasa volando. Y se olvida rápido, cierto, pero sales del cine con una sonrisa en la boca, agradeciendo los cien minutos de diversión que te han ofrecido.

"Nektrotronic", como digo, es muy consciente del tipo de producto que es. Así que ofrece secuencias de acción pasables (con efectos un poco de andar por casa, todo sea dicho) con chistes malos y protagonistas arquetípicos a los que no intenten buscarles demasiada profundidad. Pero seamos sinceros: ¿y eso qué importa? Es un producto honesto que sabe medir bien el sentido del ritmo y que da facilidades para entrar en la suspensión de la credulidad y no prestar demasiada atención al desarrollo de la trama. Te sientas, te relajas y te dejas llevar. Tal que así.


Pero por si esto no fuera suficiente, "Nekrotronic" se guarda otro as en la manga, algo que la hace incluso un poco más interesante: la presencia en el reparto de Monica Bellucci. La excelente actriz italiana aprovecha la oportunidad para divertirse de lo lindo dando vida a la mala de la función. Al estilo de lo que hacen otras grandes actrices como Cate Blanchett en "Thor Ragnarok" o Helen Mirren (capaz de pasar de encarnar a la reina a coger ametralladoras en la saga "Red"), aquí la Belluci entiende que esto son vacaciones pagadas y que lo menos que puede hacer es disfrutarlas.

Se enfrenta a su personaje sin complejos, con desparpajo, disfrutando cada minuto en pantalla...y haciendo al mismo tiempo que el espectador también disfrute con toda su maldad. Aparte de que sigue siendo extremadamente guapa, qué diablos.


Con todos estos mimbres se construye "Nekrotronic". Una simpática película que, por cierto, deja la puerta abierta a posibles secuelas. Lo veo difícil, pero oye, cosas más raras se han visto. Si hay una segunda parte, les confieso, como placer culpable, que iré a verla de inmediato.





17/10/18


Adoro el cine de terror. Pero el problema es que el género se rige por unas normas tan bien definidas que cada vez resulta más difícil hacer algo que sea original o interesante y que no te suene a algo que hayas visto mil veces antes. Y en el subgénero de los zombis, el problema se multiplica por cinco (¿cuántas veces vamos a asistir a una invasión de muertos vivientes sin acabar un poco aburridos?)

"La noche devoró al mundo" comienza como cualquier otra película de muertos vivientes. Un joven  músico se presenta en casa de su ex novia, que está dando una fiesta, para recuperar unas cintas que la chica se llevó por error. Al final, mientras espera, se queda dormido en el salón. Y cuando se despierta descubre que el mundo ha cambiado para siempre y que los seres humanos, como él, ya son cosa del pasado.



Como ven, el argumento no aporta nada nuevo. Pero lo que viene a continuación sí. Pocas veces se ha reflejado tan bien en la gran pantalla el sentimiento de soledad, la sensación de saber que pase lo que pase, tu vida jamás volverá a ser lo que era. La impotencia, la tristeza, el dolor del superviviente.

Muchas películas de zombis ponen el énfasis en los esfuerzos de los protagonistas por sobrevivir. En los peligros que conlleva la situación, lo fácil que resulta acabar infectado, lo duro que es sobrevivir en un mundo lleno de enemigos que nunca se cansan. Incluso en las propuestas algo más reflexivas como podrían ser "Train to Busan" o la serie "The walking dead", por poner algunos ejemplos (me refiero a historias que intentan profundizar en los sentimientos de sus protagonistas), la trama siempre está salpicada con escenas espectaculares de ataques de muertos vivientes, rápidos o lentos, que hay que esquivar como sea.


Pues bien, "La noche devoró al mundo" nada en sentido contrario. Huye de cualquier atisbo de espectacularidad presentándonos a un protagonista lo suficientemente listo como para evitar cualquier situación de riesgo. Es posiblemente la persona más preparada para un apocalipsis zombi que he visto en mucho tiempo. Sensato, cauto y poco amigo de ponerse en peligro.

Precisamente este planteamiento es lo que permite que la película evolucione de un modo tan interesante, porque poco a poco asistimos a la desintegración de su cordura. Nuestro protagonista, Sam, cada vez va corriendo más riesgos. Pero no porque de pronto se vuelva estúpido, sino porque termina descubriendo que hay un destino peor que la muerte: la soledad. Esto queda de manifiesto en la desgarradora secuencia en la que Sam, que ha logrado que los muertos vivientes se dispersen, comienza a hacer ruido volviendo a llamar su atención. Porque al final, por triste que resulte, es preferible la compañía de los zombis que el silencio.


Hablaba antes de las películas de zombis como espectáculo. Están genial, a mí me encantan, pero lo fían todo al subidón de adrenalina. Al ser capaz de matar a los enemigos y seguir vivo. Perfecto, pero ¿y luego qué? Pues esa es la pregunta que se hace "La noche devoró al mundo". ¿Qué ocurre cuando somos tan astutos de sobrevivir al apocalipsis zombi sólo para descubrir que nadie más lo ha hecho? ¿Merece la pena vivir así, aislado, viendo cómo pasan los días? ¿A eso se le puede llamar vivir?

Es curioso que, sin ser una adaptación de la historia de Richard Matheson, "La noche devoró el mundo" logra transmitir mejor el espíritu de la novela "Soy leyenda" que cualquiera de las películas oficiales que se han hecho sobre el libro. Porque al final, aunque como seres humanos que somos empaticemos con el protagonista, tenemos que terminar asumiendo que en ese nuevo mundo él es el monstruo. El diferente. La nota discordante.


La película no sería lo mismo sin el papelón que se marca Anders Danielsen Lie, bien secundado por ese monstruo de la interpretación que es Denis Lavant, compañero y cómplice silencioso (y zombi) del protagonista, al estilo de lo que sucedía con Wilson en "Naúfrago" (sólo que en la peli de Tom Hanks no había ningún riesgo de que la pelota de voleibol acabara mordiendo a su amigo, y aquí sí). A través de los ojos de Anders vamos asistiendo a un amplio espectro de emociones, que van desde el miedo inicial a la concentración, las ansias de sobrevivir, la desesperación, la tristeza y una decisión final consecuente con todo lo que se nos ha mostrado hasta el momento.

Estamos ante una película intimista, lenta a ratos (dicho sin que sea una crítica, ojo), pero que no decepcionará a los espectadores que quieran profundizar en cómo debe ser realmente vivir una invasión zombi. Menos acción, menos diversión, mucha más tristeza. Era necesaria una película así. Porque al final lo que se cuenta aquí da mucho más miedo que las hordas de infectados que campan en las grandes superproducciones.





"Esto no está basado en un hecho real. Esto es un hecho real". Así da comienzo "American animals", el debut en el largometraje de ficción del documentalista Bart Layton. Aunque está claro que tampoco ha querido lanzarse al vacío sin red, al elegir una historia real en la que incluso intercala pequeños fragmentos de entrevistas realizados a los verdaderos protagonistas. Pero ojo, que lejos de estorbar, resulta un recurso de lo más interesante, permitiendo al director tener lo mejor de ambos mundos (la ficción y el documental).

Ya regresaremos a ello, pero antes es importante contar de qué va la historia, ya que es bastante probable que la sinopsis les atrape tanto como me pasó a mí. A saber, un grupo de cuatro jóvenes deciden dar un golpe que les haga ricos. Pero en vez de elegir un banco o una joyería, se decantan por atracar...una biblioteca.


Sí, como lo oyen. Una biblioteca. Pero no una cualquiera, sino una que tiene un rarísimo y muy caro libro de Charles Darwin en una de esas zonas a las que sólo se puede acceder con cita previa y con la atenta vigilancia de la bibliotecaria. La idea, por tanto, es hacerse con el libro y luego venderlo en el mercado negro. Una de esas cosas que en las películas parece muy fácil, pero que en la vida real no lo es tanto.

Ese es uno de los puntos fuertes de "American animals": que muestra de un modo tan interesante como didáctico el modo en el que el mundo real y el de la fantasía chocan. Si examinamos el comportamiento de los criminales, cada paso que dan, en cierto modo tiene sentido. Y al mismo tiempo es una concatenación de errores y absurdas malas decisiones. Desde el modo en que contactan con posibles intermediarios para la venta del material robado hasta su decisión de disfrazarse de ancianos a la hora de realizar el robo, interpretando que así será más difícil que alguien les reconozca.


Como espectador, suelo huir de las "historias basadas en hechos reales", porque, siendo sinceros, la vida es caótica, confusa y las piezas nunca encajan del todo, justo lo contrario que ocurre con los buenos guiones. Por eso me gusta el cine de ficción, porque cuando está bien hecho las piezas encajan con precisión, todo funciona como un reloj. Nada sucede porque sí, todo está perfectamente pensado y repensado a través de las distintas reescrituras (los buenos guiones, insisto, que ya de por sí son una especie en peligro de extinción).

Por eso me sorprende tanto que "American animals", intentando ser muy fiel a la historia real, resulte tan fascinante. Y en esto hay que darle el mérito a Bart Layton, una de estas personas que entienden que tan importante como el qué cuentas es el cómo lo cuentas. El director se enfrenta a sus personajes con una envidiable objetividad. sin convertirlos en héroes (no lo son) pero tampoco sin mofarse de ellos. Al final llegas a la conclusión de que todos los participantes son estúpidos (para hacer algo así hay que serlo) pero no simples. Dicho de otro modo, logras empatizar con ellos.


Es muy interesante enfrentarse al hecho de que ninguno de estos chicos realmente necesitaba el dinero. Quiero decir, no estaban en una situación desesperada, lo que hace que sea difícil entender por qué llevaron a cabo el robo...y al mismo tiempo lo entiendes perfectamente, porque los seres humanos somos así. Del mismo modo la película retrata muy bien sus dudas, su sentimiento de culpabilidad, sus discrepancias... Es, en definitiva, una certera y exhaustiva autopsia de una situación pintoresca, que no inverosímil.

Aunque si tuviera que destacar algo de la película, el detalle que a mí terminó de ganarme, es su discurso sobre "qué es la realidad". No es que Layton haya cambiado algún dato para adecuarlo al relato que quería contar (no lo hace; ahí sí que sale su vena documentalista); es que las versiones de los propios protagonistas difieren sobre cómo sucedieron las cosas.


No me refiero a que nieguen haber formado parte del golpe, en ese sentido todos admiten su responsabilidad de un modo admirable (no lo hacen exactamente con orgullo, pero sí asumiendo sus actos), sino a que no están seguro de cómo sucedieron algunas cosas. Quién dijo que, quién propuso qué, cuándo decidieron esto o lo otro... Una muestra más de lo imperfecta que es la memoria y lo fácil que es crear recuerdos falsos y engañar a nuestro propio cerebro.

"American animals" parte de una premisa de lo más curiosa, como siendo sincero ocurre con un buen número de películas. Pero es que además logra mantener el interés a lo largo de sus casi dos horas, lo que sí que es mucho más raro. Está bien estructurada, bien contada, el ritmo no decae y trata temas profundos de un modo que parece ligero, dejando muchas preguntas en el aire.


Es de estos films que no te sacuden a la primera, pero que se quedan contigo, haciendo que no puedas olvidarlos, que te siguen rondando por la cabeza días después de que hayas salido del cine. Eso es aún menos habitual que intentar hacerse rico robando en una biblioteca. Y por ello no deberían dejar pasar la oportunidad de verla. Seguro que no les decepciona.




16/10/18


La primera escena de "Au Poste!" muestra a una orquesta tocando una pieza de música clásica al aire libre, en un parque. Aunque claro, el problema es que su director está desnudo. Bueno, no completamente desnudo, en realidad lleva unos llamativos calzoncillos rojos. Y aunque la pieza suena bastante bien, cuando llega la policía el buen señor considera que es momento de dejar tirados al resto de músicos y echarse a correr.

Una película que empieza así nunca puede ser mala.

Déjenme que les cuente mi experiencia con las películas de Quentin Dupieux. La primera que vi, también en Sitges, fue "Rubber", que contaba la historia de un neumático asesino. Si la premisa les parece bizarra, les aseguro que el film lo es mucho más. Tanto que salí muy cabreado, incapaz de entender cómo ese año se llevó unos cuantos galardones. Me pareció una tomadura de pelo.


Pero el problema no estaba en el trabajo de Dupieux, sino en mí. En que fui a ver la película con unas expectativas muy diferentes, sin esperarme nada de aquello. Porque el director francés tiene un universo propio tan particular, tan diferente (y tan surrealista, hay que decirlo) que lo amas o lo odias, no creo que haya término medio. Por decirlo de un modo sencillo, "Rubber" era un chiste privado que yo no entendía, y por eso no me hizo gracia.

Claro que luego llegó "Wrong" (que vi tarde, porque seguía sin fiarme) y sobre todo "Wrong Cops" y todo cambió. Poco a poco fui capaz de pillar el chiste, como si me hubieran permitido entrar a formar parte de la hermandad. Y el chiste es bueno. El de esas pelis, las posteriores e incluso "Rubber". El material era bueno. Sólo que yo lo estaba enfocando de manera equivocada. Y a partir de ese momento, me convertí en un gran fan de su trabajo.


Terminado el inciso, debo decir que "Au Poste!" no decepciona y tampoco abandona el sello marca de la casa. En esta ocasión nos encontramos con una peli pequeña, de diseño casi teatral, en el que el 90% de la acción transcurre en una comisaría, en la que un ciudadano que encontró un cadáver cerca de su casa tiene que prestar declaración ante un policía que no termina de fiarse de que el buen hombre realmente no sea un asesino. Pero por si no tuviera ya suficientes problemas, el testigo pronto se encontrará con uno adicional, tan gordo como divertido. Y hasta aquí podemos leer.

"Au Poste!" se beneficia del gran trabajo de sus actores (comenzando por Grégoire Ludig y Benoit Poelvoorde) y de los divertidos, ingeniosos, hilarantes diálogos escritos por Quentin Dupieix. Hay de todo: personajes inolvidables (la vecina que nunca duerme), réplicas que habrían firmado los hermanos Zucker, situaciones extravagantes y hasta algo de slaptick o comedia física. Todo unido en una mezcla perfecta que dura sólo 73 minutos y deja con ganas de más, de mucho más.


Lo que no esperen es una película convencional, con principio, nudo y desenlace. Lo primero, vale. Lo segundo, de acuerdo. Pero lo último... como sucede con todos los trabajos de Dupieix (alias Mr Oizo) lo divertido es el viaje, no la llegada a la línea de meta. Quien se enfrente al film sin tener esto en cuenta, sin estar prevenido de dónde se está metiendo, posiblemente saldrá tan confuso y enfadado como me pasó a mí con "Rubber".

Pero los que ya sabemos a lo que hemos venido, los que hemos aprendido a entender cómo funciona el cerebro de este brillante chalado, nos vemos recompensados precisamente con aquello que andábamos buscando: un final tan absurdo como brillante. Coherente sólo dentro de la incoherencia de una historia que no deja de ser una gran broma. Pero qué broma más divertida.


"Au Poste!" se fue de Sitges con el premio al mejor guión. No estoy convencido de que ese sea el punto fuerte de la película, pero en cualquier caso me alegro de que el jurado se acordara de este film tan personal y diferente. En un mundo en el que las películas se mueven por patrones, es refrescante encontrar propuestas tan originales y disparatadas como ésta. Particularmente, en mi Top 5 de Sitges.

...y recuerden que comencé aborreciendo a Dupieux. Si conocen su trabajo, ya saben lo que esperar. Si es su primera aproximación a la obra del director, vean la película con la mente abierta y ahórrense tiempo. Porque al final, como me pasó a mí, estoy convencido de que por mucho que quieran resistirse, terminarán amando su trabajo.





Con algo de retraso (ya dijimos que necesitábamos un par de días para descansar), pero he aquí los tweets de la última jornada de Sitges:











Y con esto termina la parte de twitter. Pero atención, que esta misma tarde/noche habrá nueva reseña, y a partir de mañana iremos con dos reseñas o artículos por día. Puede que Sitges 2018 técnicamente haya acabado, pero para nosotros, aquí, sólo acaba de empezar...


13/10/18



Penúltima jornada del festival...















12/10/18



Ahora sí que ya queda poquito para que esto acabe...

























11/10/18



Poco a poco vamos llegando al final...















10/10/18



Vamos con lo más destacado de la jornada del lunes, contado con pocos caracteres.
















9/10/18


"One cut of the dead" llegaba a Sitges con la etiqueta de película de culto instantánea, sleeper del año y lo que quieran añadir. No en vano hablamos de una película que costó 27.000 dólares, que inicialmente sólo se estrenó en tres o cuatro cines de Japón y a día de hoy sigue estando entre los diez títulos semanales que más dinero recaudan. O sea, expectación máxima. 

Entonces da comienzo y ves que la cosa va de un equipo de rodaje que está filmando una peli de zombis...hasta que se encuentra con zombis de verdad. Pero todo rodado de forma muy amateur, cutre, sin demasiado sentido del ritmo  Y te obligas a sonreír y a intentar profesar tu cariño por los responsables de la película, porque hacer un film sin dinero siempre es un gran mérito. Pero no lo voy a negar: por dentro me estaban llevando los demonios de lo encabronado que estaba.

Porque además es que pasaban los minutos y pensaba "¿de verdad van a conseguir estirar esto hasta los 100 minutos? La respuesta es no, no lo hacen. Y ahí empieza la genialidad de "One cut of the dead".



Resulta difícil escribir esta reseña, porque lo mejor que pueden hacer es enfrentarse a la película sabiendo lo menos posible. Pero lo que no quiero es que la premisa les tire para atrás, porque estamos ante uno de los títulos del año (y les juro que no exagero). Está muy bien pensada y maravillosamente ejecutada, demostrando que las buenas ideas siguen pesando mucho más que los presupuestos millonarios.

Cada vez resulta más difícil que una película me sorprenda (no es que yo sea muy listo, es que cuando has visto miles y miles de films, se va haciendo más fácil adivinar lo que va a pasar a continuación). Pues bien, ésta lo consiguió. Hasta el punto de que mi enfado inicial se tornó primero en incredulidad, luego una sonrisa, luego una sonrisa más amplia, carcajadas y dejarme las manos aplaudiendo al final de la película.


"Once cut of the dead" es arriesgada. Muy arriesgada. Porque lo hila todo de un modo tan maravilloso que, si aguantas hasta el final, el resultado es muy satisfactorio, pero también es cierto que corres el riesgo de perder espectadores durante el camino. Una vez más, les ruego que no lo hagan. Aguanten el tramo inicial porque ya no es sólo que descubrirán que vale la pena, es que es imprescindible para entender el conjunto. Sigo intentando sortear el tema de los spoilers, pero como símil se me ocurre que su estructura es muy parecida a la de la cuarta temporada de "Arrested development". Sólo que mucho mejor construida.

La película de Shinichirou Ueda (también guionista y montador de la cinta) es un canto de amor al cine. No sólo al género del terror y de los zombis, sino al cine en general. Resulta increíble y gratificante comprobar cómo una producción pequeña sobre muertos vivientes puede ser al mismo tiempo divertida e inspiradora. Al terminar la película, te dan ganas de hacer cine. Porque a pesar de las dificultades, a pesar de todo lo que puede salir mal, a pesar de los múltiples quebraderos de cabeza, el resultado final siempre merece la pena.



Como digo, no voy a hablar demasiado del argumento, porque gran parte de la gracia consiste en lo que descubran por ustedes mismos. Pero sí les hablaré de la reacción del público: una ovación al finalizar la película que duró casi 10 minutos, con todos los espectadores puestos en pie, aplaudiendo al equipo de la película presente en la sala. Sí, sé que el público de Sitges es muy agradecido. Pero créanme: no tanto. En realidad es muy exigente, así que, en diez años, he visto esta reacción sólo en contadas ocasiones. Es la mejor carta de presentación posible para el film.

"One cut of the dead" es divertida, encantadora e inteligente. Y además enseña el mejor movimiento de autodefensa de la historia (¡Pum!) así que no se le puede pedir más. Bueno, que alguna distribuidora española se haga con la cinta y no tarde en estrenarla. Si llega a la gran pantalla, yo seré el primero en pasar por taquilla.

Por una vez, el hype estaba más que justificado. Obra maestra.