5/11/18


Una madre angustiada acude a la comisaría de policía para denunciar la desaparición de su hijo. El hombre que la atiende, envuelto en sus propios problemas personales (con un hijo adolescente delincuente) no le da demasiada importancia, ante el poco tiempo transcurrido. Pero los días pasan y el chico sigue sin aparecer, lo que desembocará en una investigación policial por asesinato en el que un vecino, antiguo profesor del desaparecido, puede tener algo que ver.

Ver en pantalla grande a Vincent Cassel siempre es una buena noticia. No sólo por lo gran actor que es, sino porque es de estos intérpretes a los que no les da miedo dar vida a personajes desagradables. Su inspector Visconti no es precisamente un dechado de virtudes. Temperamental, obsesivo,  alcohólico, perseguido por sus propios demonios internos...


Sin embargo Cassel, como de costumbre, logra con su interpretación que nos pongamos de su parte, aún cuando su personaje nunca termina de caernos bien. Pero se lo perdonamos porque es un buen policía, con un gran instinto, que parece empeñado, eso sí, en convertirse en su mayor enemigo y cometer errores de juicio que pueden terminar por costarle caro.

"Fleuve Noir" es, a priori, un interesante thriller francés que juega con el tema de las dualidades. Por una parte tenemos al protagonista, cuya vida personal parece estar en permanente conflicto con su vida profesional. De este modo la tensa relación que mantiene con su hijo (y que le llevará a tomar una decisión que desde luego sería difícil ver en una película americana con cierta vocación comercial) le lleva a obsesionarse cada vez más con el caso y con la madre del joven desaparecido, como si solucionar el caso sirviera como exorcismo de sus propios problemas personales y le redimiera como progenitor.


Por otra parte tenemos un juego del gato y el ratón entre el inspector Visconti y Yann (espléndido Romain Duris), el vecino entrometido que parece saber mucho más de lo que dice y que se involucra en la investigación por motivos que parecen poco claros. Poco a poco la trama detectivesca, por decirlo de algún modo, se va cerrando en torno a estos dos personajes, decididos cada cual a demostrar que es más listo que el otro.

Sin embargo, a pesar de algunos destellos de calidad y del buen hacer de sus dos protagonistas, "Fleuve Noir" comete el error de quedarse en tierra de nadie. La historia es interesante, sí, pero no lo suficiente como para captar el interés del espectador, teniendo en cuenta el ritmo lento, pausado, con el que se desarrollan los acontecimientos.


Al final la película peca de tener demasiados frentes abiertos (la vida personal del protagonista, su relación con la madre del chico, con el profesor, la propia investigación en sí...) y de girar en su segunda mitad hacia un exceso de melodrama, en el que queda claro que el director, Erick Zonca, está más interesado en el personaje de Cassel y su particular descenso a los infiernos que en el misterio de la desaparición del chico y quién es el responsable.

No se parecen en nada, no vayan a malinterpretarme, pero creo que en intenciones "Fleuve Noir" se podría comparar con el "Teniente corrupto" de Abel Ferrara. Sólo que sin la garra que tenía aquella película, que te despedazaba mientras asistías a la caída sin remedio de Harvey Keitel (también policía, también decidido a hacer bien su trabajo aunque su vida personal fuera un infierno). Aquí todo queda mucho más diluido y deslucido.


De modo que cuando llegas al final y el crimen se resuelve, te queda la sensación de que te falta algo. Que las piezas encajan, pero que la historia no ha alcanzado todo el potencial que podría haber tenido. Hay oscuridad y sordidez, pero no está bien desarrollada. 

Vincent Cassel hace todo cuanto puede, pero su personaje (ese policía cabronazo con el que es imposible empatizar, más allá de admitirle su pericia profesional) no está tan bien dibujado como para regalarlos un título de esos que se recuerdan con el paso de los años. Como mucho, se puede decir que "Fleuve Noir" es un thriller correcto. Pero poco más.




Tras un parón forzoso de dos semanas, regresamos con más películas de Sitges 2018, que aún queda mucho que contar. Sobre todo cuando uno descubre en el festival películas tan interesantes como "Cam".

"Cam" narra la historia de una joven, Alice, que se gana la vida con su propia webcam erótica y que tiene fijación por subir en el ranking de popularidad de este tipo de webs y colarse entre las 50 favoritas del público. Pero justo cuando lo consigue, sucede una cosa muy extraña: alguien comienza a suplantarla. Una persona idéntica a ella, vamos, un doppelganger. La impostora se hace con el control de su cuenta y comienza a hacer sus propios shows, mucho más extremos y, al mismo tiempo, mucho más populares. 

Alice se verá envuelta entonces en una pesadillesca carrera contrarreloj para intentar descubrir qué ha pasado, quién es la mujer que le ha suplantado y recuperar su vida, su trabajo...y su cordura.


Seré sincero, fui a la película con muy pocas ganas y menos expectativas aún. Esperaba encontrarme con un subproducto de muy bajo presupuesto, casi amateur, que muy probablemente tendría un guión confuso (por no decir aburrido) y lo fiaría todo a la carga erótica del contenido. Este es otro de esos casos que demuestran por qué jamás debería ganarme la vida como pitoniso.

Porque "Cam", sin ser una obra maestra (no nos pasemos) sí que es una película muy bien trabajada y, sobre todo, fascinante. No sólo retrata muy bien el mundo de las camgirls eróticas (la competitividad, el rechazo social, la cohorte de "fans"/pervertidos que las rodean) sino que crea una situación kafkiana que va haciéndose más y más agobiante a medida que pasan los minutos.


Y mejor aún, aunque no ofrece respuestas a todo lo que sucede, tampoco es uno de estos casos de "era un sueño" o "vete tú a saber lo que está pasando". No, el final es lo suficientemente elaborado e ingenioso como para demostrar que sus responsables (el director Daniel Goldhaber y la coguionista Isa Mazzei) saben perfectamente lo que están haciendo, pero al mismo tiempo todo queda lo suficientemente abierto como para permitir al espectador elaborar sus propias teorías y tratar de encajar todas las piezas.

Es uno de esos films en los que se narra una historia (muy interesante) pero al mismo tiempo se sugieren otras, se apuntan, sobrevuelan por la pantalla dejándonos con ganas de saber más acerca de todo eso que no se ve, pero se intuye.


Resulta casi imposible clasificar "Cam" dentro de un género cinematográfico concreto. A ratos parece una película con componentes sobrenaturales y en otros momentos es un thriller erótico que sabe gestionar muy bien la tensión. Al final, mi conclusión es que podría haber servido perfectamente como base para un capítulo de la serie "Black Mirror", lo que creo que define hasta qué punto salí satisfecho del cine.

Como digo, la película sabe jugar sus tiempos y marcar el ritmo adecuado. Logra introducirnos en el mundo de Alice (y Lola, su alter ego) y hacer que nos interese su vida, sus preocupaciones, para a la media hora, como un truco de prestidigitador, hacer que todo se enrarezca aún más y comience el misterio, que no tarda en engancharnos haciendo que queramos saber qué está ocurriendo. 


A pesar de que en esta cinta no hay nombres conocidos (ni falta que le hace), a la gran labor del director se le suma el trabajo de su protagonista, Madeline Brewer, excelente en su doble papel. Es ella quien logra que nos sintamos interesados por lo que le ocurre a su personaje, poniéndonos de su parte y deseando que logre encontrar el modo de derrotar a ese enemigo sin rostro que ha amenazado con quitarle su vida.

Pero lo mejor de todo es que "Cam" es sórdida, malsana y erótica, pero sin regodearse en ninguno de estos elementos. Y sobre todo carece de esa molesta moralina que estropea muchas películas. Quienes esperen encontrar una crítica a las camgirls o recibir algún sermón del tipo "eso te pasa por desnudarte delante de extraños", que sepan que se han equivocado de lugar. Aquí sólo hay espacio para una genuina película de terror que merece más atención de la que seguramente le dará el público.


Insisto, qué suerte que decidí no quedarme durmiendo. Porque sorpresas como ésta son las que convierten a Sitges en un festival tan especial, uno al que se acude en busca de pequeños tesoros como "Cam".



22/10/18


Soy fan del trabajo de Takashi Miike. Casi diría que entro en la categoría de fanático. He visto más de 85 películas de su filmografía, y algún día espero poder completar las que me faltan. He permanecido fiel al director en las buenas ("Audition") y en las malas ("Izo"). Atento siempre a las dos o tres películas suyas que rueda cada año.

Por eso me resulta tan duro aceptar que el Miike de los buenos tiempos, el transgresor, el que era capaz de hacer barrabasadas como "Visitor Q" o "Fudoh: the next generation", ya nunca volverá. Que ahora su talento se despliega con cuentagotas ("13 samurais") y que sus proyectos son casi todos adaptaciones de mangas de éxito, realizados con mayor ("La espada del inmortal") o menor ("Terra Formars") fortuna. Como él mismo me dijo hace un par de años, mientras le entrevistaba, "hay que aprovechar cuando los productores te quieren y te ofrecen trabajos, porque no sabes cuánto durará".

Soy consciente de ello y hasta he llegado a aceptarlo. Lo que no podía imaginarme ni por un momento es que iba a llegar un momento en el que echara de menos sus adaptaciones de mangas.


Porque "Laplace's witch" (su única película presente en Sitges, situación que creo que no se había dado en la última década, en la que siempre presentaba como mínimo dos títulos) no viene del mundo de las viñetas, sino que es la adaptación de una novela de Keigo Higashino. Por qué los productores le vieron posibilidades a este material es una de esas cosas que jamás llegaré a comprender.

El inicio de la película no es malo. Misteriosos asesinatos en medio del bosque, producidos por la inhalación de sulfuro de hidrógeno y que, por difícil de creer que parezca, podrían haber sido provocados. Lógicamente el experto al que la policía acude intenta explicarles que eso es imposible, que nadie es capaz de variar las condiciones climatológicas hasta el punto de lograr esa reacción química en concreto. Pero entonces aparece una misteriosa chica que le hace replantearse sus ideas, al tiempo que ambos se lanzan en una investigación para tratar de encontrar al culpable.


¿Suena bien, verdad? Sí, yo pensé lo mismo. Y entonces la película avanza, y en vez de una investigación policial la trama va derivando hacia el melodrama barato. Sin grandes giros de guión, con un ritmo tan pausado (por no decir directamente aburrido) que cuando llegan las revelaciones sobre lo que realmente pasó, ya poco importa. Por no decir que la duración, casi dos horas de pelicula, tampoco ayuda demasiado.

El guión de "Laplace's witch" es soso, en parte porque a los protagonistas les hace falta una pizca de carisma como el comer. Si se supone que la chica misteriosa tiene que ser el revulsivo de la cinta,el personaje que aporte un poco de interés, el fracaso es mayúsculo, porque no tiene una sola escena que sea memorable. En verdad nadie la tiene. Sólo han pasado un par de semanas desde que la vi y ya comienzo a tener problemas para recordar la película. En un año, será un lienzo en blanco en mi memoria.


El problema es que si la materia prima ya de por sí no es brillante, la dirección de Miike es casi peor. Es posiblemente uno de sus peores trabajos detrás de las cámaras. Ya estamos acostumbrados a su estilo consistente en su falta de estilo (quiero decir, el director se adecúa siempre al material al que se enfrenta, sin imponer un aspecto visual determinado) pero es que en esta ocasión parece haber rodado con auténtica desgana, sin molestarse lo más mínimo en ofrecer un espectáculo medianamente entretenido. 

Es imposible destacar una sola cosa de la película, lo que es un delito capital teniendo en cuenta de quien estamos hablando. Aunque admito que, por mucho que me duela, ya me lo temía. El propio Ángel Sala (otro fanático de Miike) ya había dejado claro en alguna entrevista que no estamos ante un buen trabajo, y el horario en el que se proyectó (la 1 de la mañana) no invitaba a hacerse ilusiones.


Ahora bien, lo que pasa con Miike es que aunque a veces, como en este caso, te decepcione, no vas a abandonarle. Confías en que el año que viene tenga otras dos películas preparadas y que sean mejores (aunque admito que me preocupa que en imdb no aparezca ningún título en preproducción, cuando Miike es como Woody Allen, que siempre tiene algo nuevo en desarrollo. Confío en que esto cambie pronto, no quiero ni imaginarme lo que sería un Sitges sin películas del director nipón).

Fans irredentos de Miike, mejor que veáis la película estando sobre aviso. Y si no os gusta tanto este director, entonces hacedme caso: ésta os la podéis saltar.





El cine tiene algo especial imposible de describir. El modo en que nos llega, nos atrapa y nos inspira. Cómo podemos sentir más cariño por personajes no reales que acabamos de conocer hace un par de horas que por personas de verdad que nos cruzamos a diario en nuestras vidas. El poder de sus imágenes, capaz de cambiarnos la vida de un modo inimaginable.

El cine nos lleva a algunos a peregrinar cada año a Sitges durante 10 días. A gastar dinero en alojamiento, a comer mal y dormir poco. Siempre con una sonrisa en los labios, sintiendo que merece la pena. Que si por nosotros fuera nos quedaríamos a vivir allí, a las puertas del Auditori, para viajar a mil mundos diferentes en el interior del cine. Aplaudiendo, disfrutando, soñando.

Pues en cierto modo de esto habla el excelente documental "Desenterrando Sad Hill".


Hagamos un poco de historia. Estamos en 1966 y Sergio Leone se encuentra en España, rodando la mítica película "El bueno, el feo y el malo". La filmación tiene lugar sobre todo en Almería, pero Leone se desplaza a Burgos para rodar una de las escenas cumbres: la del cementerio. Escena que, por cierto, ocupaba poco más de una página en el guión, pero que el director convirtió en unos 20 vibrantes minutos de película.

Pasa el tiempo y el falso cementerio, construido sólo para la película, es abandonado. Hasta que muchos años más tarde, unos cuantos integrantes de una asociación cultural localizan el lugar exacto en el que fue levantado y deciden llevar a cabo una pequeña gran locura: limpiar el terreno y devolverle el esplendor de antaño.


Al principio sólo son unos pocos, pero con el tiempo se les empieza a sumar más gente. Y una vez que logran dejar impoluto el lugar (más de cuatro décadas de abandono, pues como que se notan) se lanzan a una nueva aventura: colocar miles de cruces en las tumbas y darle al lugar un aspecto imponente de cara al 50 aniversario de la película.

Más aún, mientras llevan a cabo toda esta labor se les une el cineasta Guillermo de Oliveira, que primero decide documentar el proceso y posteriormente llega a la conclusión de que esta iniciativa se puede convertir en un gran documental para la gran pantalla. Uno que aúna la historia de estos fans de la película con curiosas historias sobre el rodaje, el recuerdo de algunas de las personas que participaron y todo ello salpicado con entrevistas a personalidades tan importantes como el cineasta Joe Dante, el cantante de Metallica James Hetfield (reconocido fan de la película), el biógrafo de Sergio Leone Sir Christopher Frayling, el mítico Ennio Morricone...e incluso Clint Eastwood, que protagoniza uno de los momentos más emotivos del film (no tanto por lo que cuenta, siempre interesante, sino por las reacciones que desencadena su intervención).


No voy a entrar en más detalles sobre la historia (ni la del rodaje de "El bueno, el feo y el malo", ni sobre el periplo de la Asociación) porque todo eso se cuenta magníficamente en el documental. Lo que sí quiero recalcar es que, tanto si son fans del film de Leone como si no, si sienten pasión por el cine, si sienten pasión por algo en la vida, deberían ver este documental.

Porque, como decía al principio, si bien es cierto que "Desenterrando Sad Hill" habla de un lugar concreto en el que se rodó una película en concreto, en realidad su mensaje es universal. Habla de la ilusión, de los sueños compartidos. De la determinación y de que, cuando nos proponemos algo, los seres humanos somos capaces de lograr cualquier cosa.


Este documental es una carta de amor a todos los que somos fans de algo. Nos reconforta, nos explica que no estamos solos, que lo que sentimos es universal. Que nuestras aficiones (en este caso el cine) son capaces de unirnos y conectarnos con personas de todo el mundo, a las que quizás nunca hayamos visto, pero con la que tenemos fuertes vínculos. Porque los sueños tienen el poder de forjar amistades imperecederas.

"Desenterrando Sad Hill" es un documental emocionante y emotivo, hecho con mucho cariño. Un cariño que se nota en pantalla y que te hace sentirse partícipe del proyecto. De la idea de esos "locos" que un día decidieron que querían recuperar un trozo de su infancia y compartirlo con el mundo. Que no se achantaron ante las adversidades, que decidieron hacer caso a su instinto, a lo que les pedía el corazón, descubriendo por el camino que el suyo era un sueño compartido por muchos. El documental demuestra que sí, que ilusionarse por algo siempre merece la pena.


La buena noticia, además, es que la película ya se ha estrenado en salas comerciales, así que no hay excusa para no ir al cine a verla. Creo que les tocará el corazón. Sé que conmigo lo hizo.





21/10/18



Reed parece un tipo normal. Tiene una mujer encantadora, un bebé precioso y un buen trabajo. Todo va como la seda...o lo iría si no escuchara voces y tuviera alucinaciones. Y claro, ya se sabe que los amigos imaginarios, incluso cuando toman la forma de tus seres queridos, no siempre dan los mejores consejos, como cuando te sugieren que deberían apuñalar a alguien hasta la muerte.

Puede que Reed tenga unas inclinaciones un poco "Dexter style", pero no es idiota. No va a hacerle eso a sus seres queridos. Así que decide inventarse un viaje de negocios y contratar a una prostituta, convencerla de que quiere una sesión de sadomado y, una vez que la chica esté atada...pues eso, al tajo (nunca mejor dicho).


Sobre el papel, el plan parece perfecto. Pero cuando en tu camino se cruza una prostituta con problemas psicológicos, vamos, que está como unas maracas, parece claro que todo se va a complicar mucho más de lo esperado.

Este es el planteamiento de "Piercing", la película de Nicolas Pesce basado en una novela de Ryu Murakami. Una idea atractiva que estoy convencido de que habría podido convertirse en un cortometraje magnífico, pero que no logra sostenerse como largometraje, ni siquiera aunque el resultado final sean unos escuetos 80 minutos (títulos de crédito incluidos).

En realidad "Piercing" funciona casi como una obra teatral, ya que el grueso del film tiene lugar en dos únicas localizaciones (una habitación de hotel y un salón) en las que Mia Wasikowska (igual de magnífica que siempre) y un inspirado Christopher Abbott comparten pantalla prácticamente todo el tiempo (también se deja ver en el film la española Laia Costa, pero su presencia es casi testimonial).


Historias de dos personajes que te dejan clavado en la butaca, hay muchas. "La Huella", "Hard Candy" o la más reciente "La venus de las pieles" (estoy enamorado de ese texto teatral) son sólo algunos ejemplos. Por desgracia, "Piercing" sale perdiendo en la comparación. Porque a pesar de un arranque prometedor y del interés que despiertan las taras, filias y fobias de los dos protagonistas, al final su tira y afloja termina resultando repetitivo.

La película intenta profundizar en el pasado de los personajes, en los traumas que atesoran cada uno desde su infancia (la pulsión homicida de él, la necesidad de automutilarse de ella). Y lo hace, eso hay que agradecérselo, en un tono ligero, sin cargar demasiado las tintas en el aspecto dramático de la historia (sin dar el coñazo, hablando en plata). Lo que ocurre es que los personajes no son tan interesantes. No tienen tantas cosas que contar y al final, lejos de ver una evolución, lo único que miras es el reloj, esperando que la cosa no se alargue.


Nicolas Pesce hace todo lo posible por insuflarle vida a la película, tratando de hacerla visualmente atractiva. Y los protagonistas, como digo, también dan lo mejor de sí mismos. Pero sencillamente es que el material no daba para más (algo que tampoco es de extrañar, teniendo en cuenta que hablamos de una novela que no llega a las 150 páginas. En esa extensión Stephen King no ha terminado ni de describirte el lugar donde se desarrolla su historia).

Así que lo que nos queda es una película extraña, que oscila entre distintos géneros no siempre con fortuna y que intenta estirar una premisa que se agota demasiado pronto. Lo que viene a ser una película fallida que, eso sí, nos deja una moraleja interesante: las locas del coño existen y lo inteligente al cruzarse con una es salir corriendo en dirección contraria.






Adoro a Aubrey Plaza desde que la descubrí en la muy reivindicable serie "Parks and recreations" (de donde también salió Chris Pratt). En un elenco lleno de personajes excéntricos (¿alguien ha dicho Ron Swanson?) ella se llevaba la palma con su April Ludgate.

Luego empiezas a seguir su carrera y te das cuenta de que, más allá de que sea una buena actriz y una gran comediante, bueno, pues que da la sensación de que en la vida real ella es así de rara. Sólo tienen que buscar en youtube algunas de sus intervenciones en distintos late nights para comprobar que es una tipa extraña con un sentido del humor muy particular. 


Por ese motivo, desde que supe que Plaza era la protagonista de "An evening with Beverly Luff Linn", tuve claro que iba a asistir a una película bizarra. Lo que no podía suponer es que fuera a ser tan bizarra. Posiblemente la comedia más inclasificable del año, en la que es difícil decidir si estamos asistiendo a una genialidad o a una mamarrachada.

Al loro con la sinopsis. Lulu es camarera y está casada con el dueño del restaurante (Emile Hirsch, cada vez más cerca de metamorfosearse en Jack Black, física e interpretativamente). Pero después de que su marido decida robar al hermano hindú de Lulu (vale, ya empezamos) y que éste contrate a un inepto solucionador, Colin, para recuperar su dinero (Jemaine Clement, protagonista de "Flight of the Conchords" y que actualmente comparte reparto con Aubrey Plaza en la genial serie "Legion"), lo que pasa al final es que Lulu y Colin (que a todas estas es virgen) deciden huir juntos.


¿Eso es todo? Ni de lejos. Porque acaban en un hotel de mala muerte donde resulta que va a actuar Beverly Luff Linn (Craig Robinson...porque sí, Beverly "es un nombre de tío", como no se cansa de repetir la protagonista), que realmente no habla, sino que gruñe, y que fue el gran amor de Lulu años atrás.

Se los advertí: esto es raro de narices.

Porque, para terminar de rematarlo, todas las actuaciones están exageradas hasta el infinito. Si la comedia es ritmo, aquí alguien se ha olvidado de marcar los pasos, ya que los gags están alargados, las reacciones caen en la sobreactuación y a ratos sencillamente no sabes qué diablos están viendo. Es como asistir a una broma privada que no estás seguro de estar pillando (El hermano hindú y los trabajadores de la cafetería parecen sacados de la sección de Javier Cárdenas en los tiempos de "Crónicas marcianas").


De modo que te pasas la mayor parte de la película tratando de decidir si están viendo algo original o si directamente te están tomando el pelo. Lo que pasa es que, más allá de su aspecto extravagante y de sus diálogos absurdos, sí que es cierto que "An evening with Beverly Luff Linn" tiene alma. En parte gracias a la química entre Plaza y Clement, ambos excelentes cómicos, que aquí además logran transmitir humanidad a sus personajes (la tristeza de ella, el patetismo de él).

Más allá de sus rarezas, de sus apuestas arriesgadas, de sus "what the fuck" (y de la música que comparten con "Clímax", el tema "Supernature" de Cerrone), "An evening with Beverly Luff Linn" narra la historia de unos inadaptados en busca de la felicidad. A lo mejor es porque era Sitges, a lo mejor es que tenía el día tonto, pero me parece una película muy simpática a la que merece la pena darle una oportunidad.


Ah, y por si no comparten mi devoción por Aubrey Plaza, que sepan que también sale el grandioso Matt Berry ("Los informáticos") demostrando el inmenso comediante que es. Si no consigue arrancarte una sonrisa, eso es que estás muerto por dentro. 


20/10/18


Los británicos, cuando se ponen, hacen unos thrillers (con elementos de terror) de lo más apañados. Me refiero a películas pequeñas, de esas que no causan gran revuelo, pero que están muy bien armadas. Que te atrapan. Ahora mismo me vienen a la cabeza, por ejemplo, "Eden Lake" o "Tower Block", dos films que pasaron por Sitges y que fueron gratas sorpresas, a pesar de no convertirse en títulos de esos que conoce el público mayoritario.

Desgraciadamente, y a pesar de lo mucho que me hubiera gustado, "White Chamber" no entra en esta categoría.


Y ojo, que la premisa resulta de lo más interesante. En un Reino Unido a la vuelta de la esquina, envuelta en una guerra entre un Gobierno totalitario y una facción rebelde dedicada a derrocar a los dirigentes, a los que considera tiranos, una mujer despierta en el interior de una cámara herméticamente cerrada (la "white chamber" del título) sin que parezca saber bien qué hace allí o por qué la han capturado.

La habitación es, a grandes rasgos, una sala de tortura. Desde fuera, una voz distorsionada, sin rostro, es capaz de elevar la temperatura, de bajarla hasta congelar la estancia, hacer que llueva ácido del techo...todo lo que sea necesario con tal de conseguir respuestas. Respuestas que la prisionera, que afirma ser una simple trabajadora del ministerio, una de tantas, afirma no poseer.


Veo los quince primeros minutos de película y me siento intrigado. Me hago preguntas sobre lo que puede estar pasando. Y sobre todo, me pica la curiosidad sobre cómo será capaz el director, Paul Raschid, de mantener la tensión durante noventa minutos. Lamentablemente la respuesta llega pronto: no es capaz.

(Aunque intentaré no destripar demasiado la película, los dos párrafos que vienen a continuación se puede considerar un spoiler. Avisados quedan).

Porque cuando piensas que toda la película va a ser un juego del gato y el ratón entre los captores y la asustada chica, de repente "White Chamber" revela todas sus cartas, haciendo que las respuestas afloren. Pronto queda claro qué está pasando. Quién es quién. Y peor aún, justo en ese momento comienza un largo flashback que sirve para explicar cómo hemos llegado a la situación presentada al inicio. Ya, lo malo es que esa no es la historia que al menos yo quería ver. Porque una vez que sé cual es el punto de partida y cual el de llegada, terminar de conectar los puntos tampoco resulta ni tan difícil ni tan apasionante.


Para que se hagan una idea, es como si en "Sospechosos habituales" supiéramos desde el principio que Kevin Spaacey es Keyser Söze. Sí, podríamos centrarnos en ver si Chaz Palminteri será capaz de descubrirlo a tiempo, pero en realidad la gracia de la historia se habría perdido.

Pues aquí pasa exactamente lo mismo. Me interesaba el elemento Kafka, el tratar de entender una situación extraña. Tratar de adivinar quién es la mujer, quién es el captor. Quién miente, qué es lo que los personajes buscan. Una vez que ese misterio se revela, el resto, por bien estructurado que esté, carece de interés. Aunque quizás sea yo, pero es el motivo por el que suelo odiar las precuelas. Porque me pueden tratar de engatusar todo lo que quieras, pero sé cómo va a acabar la cosa.


Tampoco ayuda mucho la resolución de la película, risible y absurda. Se toma el camino más fácil, con un giro final tan traído por los pelos, tan poco creíble, que desde luego no ayuda a salir de la sala de cine con una buena sensación. Es el último clavo en el ataúd de una historia que, sin ser mala, sí que es decepcionante. Sobre todo por lo que prometía. Por lo que podía haber dado.

En el lado positivo, los actores. Oded Fehr y Shauna Macdonald se dejan la piel y hacen lo imposible por dotar de vida a sus personajes y darles tridimensionalidad. Pero al final su esfuerzo se ve lastrado por un guión, el auténtico punto débil de la película, que no está a la altura y les impide terminar de brillar del todo.


No me malinterpreten, "White Chamber" no es mala. Pero tampoco es buena. Y viendo los antecedentes, sabiendo lo que otros cineastas son capaces de hacer, hay que pedir más. Sobre todo en una edición de Sitges que ha dejado el listón muy alto en cuanto a la calidad de gran parte de los films proyectados.





Demonios que se propagan a través de internet. Sótanos donde se devoran almas. Un equipo secreto que protege a la humanidad de las criaturas del averno. Fantasmas. Un tipo corriente que descubre que en realidad no es quien cree ser...

Todo esto es lo que ofrece "Nekrotronic", una divertida película de serie B de esas que son muy necesarias en Sitges. Quizás fuera de este festival pierda un poco la gracia, pero en el contexto correcto, con el público adecuado, películas como éstas se agradecen (y se disfrutan) mucho. Porque a veces, entre propuestas arriesgadas, nuevas aproximaciones al género y miradas de autor, es necesario contar con algo que ofrezca un poco de sana diversión, sin mayores pretensiones que las de hacer pasar un buen rato.


Y en este sentido el film del australiano Kiah Roache-Turner triunfa. "Nekrotronic" sigue la senda de su anterior trabajo, "Wyrmwood", que era un entretenido pastiche que mezclaba un poco (un mucho) de "Mad Max" con zombis, acción a raudales, gore y desenfreno. Pues, como reza el dicho, si no está roto, para qué arreglarlo, así que el director continúa por la misma senda, suavizando un poco el tema de la sangre, elevando ligeramente el tono de comedia, pero en líneas generales fiel a su estilo.

La trama es de éstas que tiene que ser divertido ver cómo se la presentan a los productores. Un don nadie adoptado que, de la noche a la mañana, descubre que sus verdaderos padres eran grandes cazadores de demonios, que tuvieron que darlo en adopción para ponerlo a salvo. Todo ello en un momento en el que el infierno por fin entra en el siglo XXI y decide que la mejor manera de cosechar almas es introducirse dentro de las redes sociales, a través de uno de esos juegos para móviles similares al Pokemon Go, pero donde en vez de Pikachu y compañía uno tiene que ver todo tipo de criaturas espectrales.


Si le sumamos a eso a unas hermanas muy "badass", conflictos familiares, muertes, resurrecciones, planes que no salen bien y una lucha contrarreloj para salvar el mundo, ya pueden hacerse una idea de lo que se van a encontrar cuando vean la película. Lo único que puedo decir es que no es buena, pero las piezas encajan. Vamos, que se pasa volando. Y se olvida rápido, cierto, pero sales del cine con una sonrisa en la boca, agradeciendo los cien minutos de diversión que te han ofrecido.

"Nektrotronic", como digo, es muy consciente del tipo de producto que es. Así que ofrece secuencias de acción pasables (con efectos un poco de andar por casa, todo sea dicho) con chistes malos y protagonistas arquetípicos a los que no intenten buscarles demasiada profundidad. Pero seamos sinceros: ¿y eso qué importa? Es un producto honesto que sabe medir bien el sentido del ritmo y que da facilidades para entrar en la suspensión de la credulidad y no prestar demasiada atención al desarrollo de la trama. Te sientas, te relajas y te dejas llevar. Tal que así.


Pero por si esto no fuera suficiente, "Nekrotronic" se guarda otro as en la manga, algo que la hace incluso un poco más interesante: la presencia en el reparto de Monica Bellucci. La excelente actriz italiana aprovecha la oportunidad para divertirse de lo lindo dando vida a la mala de la función. Al estilo de lo que hacen otras grandes actrices como Cate Blanchett en "Thor Ragnarok" o Helen Mirren (capaz de pasar de encarnar a la reina a coger ametralladoras en la saga "Red"), aquí la Belluci entiende que esto son vacaciones pagadas y que lo menos que puede hacer es disfrutarlas.

Se enfrenta a su personaje sin complejos, con desparpajo, disfrutando cada minuto en pantalla...y haciendo al mismo tiempo que el espectador también disfrute con toda su maldad. Aparte de que sigue siendo extremadamente guapa, qué diablos.


Con todos estos mimbres se construye "Nekrotronic". Una simpática película que, por cierto, deja la puerta abierta a posibles secuelas. Lo veo difícil, pero oye, cosas más raras se han visto. Si hay una segunda parte, les confieso, como placer culpable, que iré a verla de inmediato.





17/10/18


Adoro el cine de terror. Pero el problema es que el género se rige por unas normas tan bien definidas que cada vez resulta más difícil hacer algo que sea original o interesante y que no te suene a algo que hayas visto mil veces antes. Y en el subgénero de los zombis, el problema se multiplica por cinco (¿cuántas veces vamos a asistir a una invasión de muertos vivientes sin acabar un poco aburridos?)

"La noche devoró al mundo" comienza como cualquier otra película de muertos vivientes. Un joven  músico se presenta en casa de su ex novia, que está dando una fiesta, para recuperar unas cintas que la chica se llevó por error. Al final, mientras espera, se queda dormido en el salón. Y cuando se despierta descubre que el mundo ha cambiado para siempre y que los seres humanos, como él, ya son cosa del pasado.



Como ven, el argumento no aporta nada nuevo. Pero lo que viene a continuación sí. Pocas veces se ha reflejado tan bien en la gran pantalla el sentimiento de soledad, la sensación de saber que pase lo que pase, tu vida jamás volverá a ser lo que era. La impotencia, la tristeza, el dolor del superviviente.

Muchas películas de zombis ponen el énfasis en los esfuerzos de los protagonistas por sobrevivir. En los peligros que conlleva la situación, lo fácil que resulta acabar infectado, lo duro que es sobrevivir en un mundo lleno de enemigos que nunca se cansan. Incluso en las propuestas algo más reflexivas como podrían ser "Train to Busan" o la serie "The walking dead", por poner algunos ejemplos (me refiero a historias que intentan profundizar en los sentimientos de sus protagonistas), la trama siempre está salpicada con escenas espectaculares de ataques de muertos vivientes, rápidos o lentos, que hay que esquivar como sea.


Pues bien, "La noche devoró al mundo" nada en sentido contrario. Huye de cualquier atisbo de espectacularidad presentándonos a un protagonista lo suficientemente listo como para evitar cualquier situación de riesgo. Es posiblemente la persona más preparada para un apocalipsis zombi que he visto en mucho tiempo. Sensato, cauto y poco amigo de ponerse en peligro.

Precisamente este planteamiento es lo que permite que la película evolucione de un modo tan interesante, porque poco a poco asistimos a la desintegración de su cordura. Nuestro protagonista, Sam, cada vez va corriendo más riesgos. Pero no porque de pronto se vuelva estúpido, sino porque termina descubriendo que hay un destino peor que la muerte: la soledad. Esto queda de manifiesto en la desgarradora secuencia en la que Sam, que ha logrado que los muertos vivientes se dispersen, comienza a hacer ruido volviendo a llamar su atención. Porque al final, por triste que resulte, es preferible la compañía de los zombis que el silencio.


Hablaba antes de las películas de zombis como espectáculo. Están genial, a mí me encantan, pero lo fían todo al subidón de adrenalina. Al ser capaz de matar a los enemigos y seguir vivo. Perfecto, pero ¿y luego qué? Pues esa es la pregunta que se hace "La noche devoró al mundo". ¿Qué ocurre cuando somos tan astutos de sobrevivir al apocalipsis zombi sólo para descubrir que nadie más lo ha hecho? ¿Merece la pena vivir así, aislado, viendo cómo pasan los días? ¿A eso se le puede llamar vivir?

Es curioso que, sin ser una adaptación de la historia de Richard Matheson, "La noche devoró el mundo" logra transmitir mejor el espíritu de la novela "Soy leyenda" que cualquiera de las películas oficiales que se han hecho sobre el libro. Porque al final, aunque como seres humanos que somos empaticemos con el protagonista, tenemos que terminar asumiendo que en ese nuevo mundo él es el monstruo. El diferente. La nota discordante.


La película no sería lo mismo sin el papelón que se marca Anders Danielsen Lie, bien secundado por ese monstruo de la interpretación que es Denis Lavant, compañero y cómplice silencioso (y zombi) del protagonista, al estilo de lo que sucedía con Wilson en "Naúfrago" (sólo que en la peli de Tom Hanks no había ningún riesgo de que la pelota de voleibol acabara mordiendo a su amigo, y aquí sí). A través de los ojos de Anders vamos asistiendo a un amplio espectro de emociones, que van desde el miedo inicial a la concentración, las ansias de sobrevivir, la desesperación, la tristeza y una decisión final consecuente con todo lo que se nos ha mostrado hasta el momento.

Estamos ante una película intimista, lenta a ratos (dicho sin que sea una crítica, ojo), pero que no decepcionará a los espectadores que quieran profundizar en cómo debe ser realmente vivir una invasión zombi. Menos acción, menos diversión, mucha más tristeza. Era necesaria una película así. Porque al final lo que se cuenta aquí da mucho más miedo que las hordas de infectados que campan en las grandes superproducciones.





"Esto no está basado en un hecho real. Esto es un hecho real". Así da comienzo "American animals", el debut en el largometraje de ficción del documentalista Bart Layton. Aunque está claro que tampoco ha querido lanzarse al vacío sin red, al elegir una historia real en la que incluso intercala pequeños fragmentos de entrevistas realizados a los verdaderos protagonistas. Pero ojo, que lejos de estorbar, resulta un recurso de lo más interesante, permitiendo al director tener lo mejor de ambos mundos (la ficción y el documental).

Ya regresaremos a ello, pero antes es importante contar de qué va la historia, ya que es bastante probable que la sinopsis les atrape tanto como me pasó a mí. A saber, un grupo de cuatro jóvenes deciden dar un golpe que les haga ricos. Pero en vez de elegir un banco o una joyería, se decantan por atracar...una biblioteca.


Sí, como lo oyen. Una biblioteca. Pero no una cualquiera, sino una que tiene un rarísimo y muy caro libro de Charles Darwin en una de esas zonas a las que sólo se puede acceder con cita previa y con la atenta vigilancia de la bibliotecaria. La idea, por tanto, es hacerse con el libro y luego venderlo en el mercado negro. Una de esas cosas que en las películas parece muy fácil, pero que en la vida real no lo es tanto.

Ese es uno de los puntos fuertes de "American animals": que muestra de un modo tan interesante como didáctico el modo en el que el mundo real y el de la fantasía chocan. Si examinamos el comportamiento de los criminales, cada paso que dan, en cierto modo tiene sentido. Y al mismo tiempo es una concatenación de errores y absurdas malas decisiones. Desde el modo en que contactan con posibles intermediarios para la venta del material robado hasta su decisión de disfrazarse de ancianos a la hora de realizar el robo, interpretando que así será más difícil que alguien les reconozca.


Como espectador, suelo huir de las "historias basadas en hechos reales", porque, siendo sinceros, la vida es caótica, confusa y las piezas nunca encajan del todo, justo lo contrario que ocurre con los buenos guiones. Por eso me gusta el cine de ficción, porque cuando está bien hecho las piezas encajan con precisión, todo funciona como un reloj. Nada sucede porque sí, todo está perfectamente pensado y repensado a través de las distintas reescrituras (los buenos guiones, insisto, que ya de por sí son una especie en peligro de extinción).

Por eso me sorprende tanto que "American animals", intentando ser muy fiel a la historia real, resulte tan fascinante. Y en esto hay que darle el mérito a Bart Layton, una de estas personas que entienden que tan importante como el qué cuentas es el cómo lo cuentas. El director se enfrenta a sus personajes con una envidiable objetividad. sin convertirlos en héroes (no lo son) pero tampoco sin mofarse de ellos. Al final llegas a la conclusión de que todos los participantes son estúpidos (para hacer algo así hay que serlo) pero no simples. Dicho de otro modo, logras empatizar con ellos.


Es muy interesante enfrentarse al hecho de que ninguno de estos chicos realmente necesitaba el dinero. Quiero decir, no estaban en una situación desesperada, lo que hace que sea difícil entender por qué llevaron a cabo el robo...y al mismo tiempo lo entiendes perfectamente, porque los seres humanos somos así. Del mismo modo la película retrata muy bien sus dudas, su sentimiento de culpabilidad, sus discrepancias... Es, en definitiva, una certera y exhaustiva autopsia de una situación pintoresca, que no inverosímil.

Aunque si tuviera que destacar algo de la película, el detalle que a mí terminó de ganarme, es su discurso sobre "qué es la realidad". No es que Layton haya cambiado algún dato para adecuarlo al relato que quería contar (no lo hace; ahí sí que sale su vena documentalista); es que las versiones de los propios protagonistas difieren sobre cómo sucedieron las cosas.


No me refiero a que nieguen haber formado parte del golpe, en ese sentido todos admiten su responsabilidad de un modo admirable (no lo hacen exactamente con orgullo, pero sí asumiendo sus actos), sino a que no están seguro de cómo sucedieron algunas cosas. Quién dijo que, quién propuso qué, cuándo decidieron esto o lo otro... Una muestra más de lo imperfecta que es la memoria y lo fácil que es crear recuerdos falsos y engañar a nuestro propio cerebro.

"American animals" parte de una premisa de lo más curiosa, como siendo sincero ocurre con un buen número de películas. Pero es que además logra mantener el interés a lo largo de sus casi dos horas, lo que sí que es mucho más raro. Está bien estructurada, bien contada, el ritmo no decae y trata temas profundos de un modo que parece ligero, dejando muchas preguntas en el aire.


Es de estos films que no te sacuden a la primera, pero que se quedan contigo, haciendo que no puedas olvidarlos, que te siguen rondando por la cabeza días después de que hayas salido del cine. Eso es aún menos habitual que intentar hacerse rico robando en una biblioteca. Y por ello no deberían dejar pasar la oportunidad de verla. Seguro que no les decepciona.